viernes, 6 de noviembre de 2015

EL PAPISTA

Cuando dejó de comer carne alguien dijo que era "comepapas", porque comía solo papa. Verdaderamente absurdo, la gente no piensa.

El pensamiento, es un asunto casi imposible que muchos han reemplazado por el decir
Hablamos, escribimos y creemos que eso mismo es producto de lo pensado.
No, comer papas no es ser comepapas

Pensar es un arte, equivale a despojar la idea de cualquier forma de palabra, dejarla librada al inmenso campo de la vagancia.
Quién podría asegurar que una vaca mientras pasta no piensa?

Cuando la palabra se ofrece con la autosuficiencia de expresar una idea, la idea muere en el laberinto de las palabras empleadas que nunca alcanzan y siempre piden mas y mas palabras con sus complejas conjugaciones, puntos y comas. La idea fenece exhausta, muda, confundida en el tremendo intento de la palabra por expresarla

El hombre no es lo más indicado, dado que envejece y sabe que termina. Cree que piensa, porque para casi todo se vale de la creencia, puede creer que piensa por el hecho de decir algo.

Claro que el hombre puede pensar si lo cree, sin dudas. Una vaca carece de palabra, seguramente piensa pero no cree
Está demostrado que las fieras además de no creer, no piensan, comen carne y actúan por instinto o por necesidad y urgencia. La fiera no piensa.

Cuando dejó de comer carne, alguien que sabe poner las cosas en su lugar, dijo que no era un "come papas" ni un "papanata", dijo "papista" y eso sonó mejor porque interpreta un sentimiento, algo superior, una creencia, no apuntó a la acción sino a la fe.
Para decirlo se acercó a la ventana y dijo; "tu sí que eres un verdadero papista". Debió haber omitido verdadero, por lo engorroso de lo verdadero en semejante campo de la creencia, pero lo dicho, dicho está.

Lo dicho, la palabra hablada es abierta, expansiva, (ni siquiera debiera llamarse palabra) se la puede transfigurar, convertir, pervertir, ornamentar, llenar, vaciar, con infinitas o con ninguna acción

Las palabras escritas son estrictas, cubos en un cuadro, sucesivos y pequeños cubos que nunca son suficientes.
La idea es otra cosa, y aunque está expuesta a la palabra, es como una nube, imposible de apresar.
La poesía que es la forma aberrante del cubo, no solo la atrapa sino que la atesora en el campo de infinitas interpretaciones.

De hecho pensé en un sin fin de palabras por el hecho de decir algo sobre el hecho; comer solo papas. Para no llenar de cubos el vacío de las líneas, me detuve en la idea.
Voy a contar algo que va más allá de la acción de no comer o comer carne

La posibilidad de expresar una idea es una misión imposible, algo así como describir a simple vista todo y cada detalle de lo que contiene un embalaje.
Lo que cuenta de un embalaje es la etiqueta y la curiosidad que suscita..

EL PAPISTA

El papista, sabía y no, hasta que punto el desvelo de esa noche poco se debió al calor húmedo de febrero, ni a los mosquitos ni a la prolongada siesta. Tampoco tendría que ver con los kilos que había engordado en los últimos años, ni con la transpiración que acompañaba sus noches en la cama de dos plazas y media  

Un cuerpo casi sin curvas, noche tras noche había ido ganando poco a poco casi todo el ancho de la cama.
También estaba en la enorme casa, el patio jardín repleto de retamas, estaban los perros, las enormes macetas de barro y aquella mujer de la larga trenza negra canosa, que parecía eterna como una virgen

Estaban en ese barrio, las viejas casas construidas sobre enormes terrenos librados al tiempo y  a los espíritus de unos vecinos.
Los insoportables y asquerosamente repetidos desvelos, arribaban justo a las dos horas de haberse dormido y lo obligaban a salir, o quedarse a escuchar el murmullo del viento sacudiendo las hojas de los árboles, o sino cuando llovía, el sonido del agua golpeando en la chapa o la teja, dos sonidos que mezclados hacían uno. Había noches en que no escuchaba nada.

Calles no transitadas con enormes árboles que nunca conocieron la poda, cercas despintadas de madera y veredas con baldosas saltadas, daban forma al paisaje de la puerta para afuera.
De inmensa soledad salpicada de una que otro cruce de palabras, era todo allí .

No, no estaba solo, ni sabía hasta que punto el desvelo de esa noche , nada tenía que ver con la humedad ni los mosquitos.

Estaba solo y ese fue el verdadero motivo de otra de sus caminatas.

El lado este de la estación del ferrocarril hacía rato abandonada, es el más oscuro a causa de la ausencia de plaza y casas cercanas..Del otro lado de la vía está la vieja plaza apenas alumbrada por dos o tres lámparas, hasta allí llegaban al anochecer las sombras de pibes barrados, a hacer sus cosas

Por la vaga conciencia de un encuentro lejano, muy lejano, de cuando el ruido del tren con su nube de humo era reiterado y la plaza un vergel, quiso creer que esa noche se produciría un reencuentro.

La vuelta al pasado es posible, tanto como la vuelta al futuro, basta con abordar una de esas naves espaciales que transportan de uno a otro espacio, las tantas posibilidades de encuentro que se han cruzado en el más breve de los tiempos de algún momento de la vida, y ya está.

Cada vez que nos hemos cruzado con alguien que nos ha tocado algún sentir, hubiera podido nacer allí una historia que podría haber cambiado el curso de nuestra vida.
Cuántas veces al día un detalle en la mirada, en el gesto, en la pregunta, en la ropa, en la piel del otro nos marca y deja una huella que no olvidamos?. Claro que mil veces al día una mirada, un gesto, o algo del género te marca y luego nada, sinembargo también allí podrían morir antes de nacer otras tantas vidas, cada una con todas sus implicancias y destinos ulteriores.
El infinito, que es la única verdad absoluta, se presenta a cada instante y genera un gran dolor porque no se detiene y si  lo hace ya no sirve.

Un mínimo detalle puede ser un milagro o una frustración.
Cada vez que reparamos en un detalle; un puño rozado, un cuello de camisa pulcrísimo, un reloj de pulsera, una pulsera, un anillo, una mano señalando otro fetiche. Cada vez que el "tram, o el metro o el tren de aquí " andando nos deja ver algo de alguien que reconoce que es mirado, cada vez que se cruza nuestra vida con una mirada, sea atractiva, provocativa, terrible, o maliciosa, cada vez que eso sucede, se ha sembrado una semilla que nunca será fruto ni historia.
El infinito va sembrando en nuestros cruces abortos, infinitos abortos en un tiempo finito.
Abordar una historia es haber evitado un aborto y saber que eso es imposible .
Cada día fundamos en los cruces, infinitas vidas que jamás serán vividas
Son tantos los cruces, tantas las miradas, las palabras, los gestos, los holas, los adioses, hay tanto de todo aquello que deja marca pero no hace historia¡

No intentes volver atrás para capturar el instante, podrías convertirte en un ser eterno

Cuando el insomnio le resultaba absolutamente insoportable y sentía que se le borraban los tiempos, salía a caminar siempre solo.
La estación no quedaba cerca de su casa, caminaba y lo hacía como procurando unir los tres tiempos en cada paso.

Una vez hace mucho, no lo hizo solo. Seguramente esa marca en su memoria lo había vuelto insomne.
Jamás pudo pensar en ello y atribuía su pesar al pecado

Las posibles vidas pasadas de los cruces, esas que no hemos poseído siquiera un instante, dejan marca en la memoria, en la parte del pensamiento en donde se forman las nubes

Son infinitas las posibilidades que se tienen de vivir infinitas vidas infinitas veces, esa es la verdadera razón de lo infinito en la nada y de lo finito de la propia vida, esa es la razón por la cual es injusto que cada uno no pueda contar con su nave interespacial para atravesar el destino de un lado al otro.
Esa es la razón de lo imposible de la obstinación de los infinitos cubos siempre insuficientes de la escritura, por expresar la idea

Estaba seguro, más que pensarlo, estaba seguro de que si alguien lo esperaba del lado oeste de la estación, la parte iluminada, sería posible detener definitivamente el tiempo.

Hacía mucho había caminado acompañado, hasta allí mismo, habían cruzado el puente y del otro lado se habían capturado más de una vez. El tren aún pasaba, eso no era milan, ni paris, era el tren de aquí.
Ojos negros, como esculpidos a navaja en el marco perfecto de un rostro, volvían a jugar con su tristeza en la nube de su recuerdo.
Nadie puede pensar que algo se repita cada vez que uno quiera que se repita. El era creyente, sería por pensar en lo posible de lo imposible de una repetición en la fé, o por pensar que como todo en la vida era repetición, debería repetirse. Lo cierto es que con cada desvelo llegaba solo hasta el lado este de la estación sin atreverse a cruzar las vías y pasar al lado iluminado.
Llegaba, ambulaba un buen rato, siempre sin cruzar, trataba sí de espiar por entre los matorrales de las vías, si alguien aguardaba del otro lado. Esperaba que algo sucediera pero la luz cada vez más débil de los dos o tres focos le jugaban en contra.

El miedo a morir era enorme, a despertar muerto y sufrir, por eso los desvelos se habían convertido en custodios.
Temía que de producirse ese encuentro, eso sería como el fin de una película y eso lo invalidaba, quedando cada vez mas hundido en la soledad  

Y si el tiempo hubiese cesado del todo, si en lugar de un final, los títulos del film indicaban un principio?, Entonces si que seria posible hacer caso omiso de los peldaños rotos y herrumbrados y cruzar al otro lado.

Esa noche había bebido un poco, no mucho, tal vez sería el somnífero lo que le hacía los ojos abotagados y la mirada febril. Pensando en un principio, caminó como de costumbre, se detuvo en el semáforo que no advertía a nada ni a nadie; verde, amarillo, rojo, una y otra vez frente a nada ni nadie en el cruce de una avenida larga.
Sin reparar en ningún color cruzó, siguió caminando, se detuvo un par de veces frente a los mismos escaparates cercanos.
Llegó a la estación y cruzó las vías por el puente. La idea de ser arrollado por un tren lo había atormentado sobre todo de chico, cuando el tren pasaba.
Llegó al otro lado, la luz mortecina de los dos o tres faroles luchaban con sus ojos abotagados, por dejarlo ver, los pibes de las telas oscuras hacían lo suyo sin importarles ninguna presencia, iban y venían, algunos eran los mismos otros no.
Sintió frio, caminó hasta el kiosco y compro una bolsita de papas fritas, dio un par de vueltas por los lados, no quería que pensasen que estaba tratando de encontrar a alguien, caminó en rededor sin entrar en la plaza, donde los pibes hacían lo suyo

Pronto o quizás no tan pronto, la plaza estuvo vacía, comió las últimas papitas. No vió a nadie, no miró, volvió a la estación y se dispuso a cruzar al otro lado pero esta vez por los vías. En mitad del cruce se detuvo, como lo haría alguien que está dispuesto a todo.
Por fin esta vez lo había logrado, aunque se detuvo, cruzar, solo que había olvidado que la nave interespacial que lo podía trasportar al punto del encuentro, estaba pronta.

la plaza quedaba cerca de la escuela secundaria y muchas veces allí mismo había comido su almuerzo antes de entrar al segundo turno. Nunca le faltó compañía, las chicas lo buscaban, era demasiado bello para tener amigos varones.

Se dió por vencido, no volteó la mirada para ver. El viejo ritual de la caminata habría sido otra vez en vano?.

El tren pasó como una saeta, dejando una estela de humo negro.

Al banco que está cerca del mástil y que la sombra de un tilo lo oculta más de noche que de día, alguien llega cada noche y espera.

Como un bajo continuo, la luz de las ventanillas por debajo de la estela de humo negro, dibujan una sola pincelada de colores tenues y difusos que no dejan ver ningún detalle, ningún rostro, ninguna mirada, ningun puño, ningún cuello, ninguna cabeza apoyada en el vidrio.

Amanece
            
El tiempo podría haber cesado, si verdaderamente se hubiesen cruzado, aunque no hubiese significado nada más que otro intento.