SEGUNDO SIGLO
Algo repuesto, y mas preocupado que de costumbre, decidí tomarme un tiempo. Miré disimuladamente el reloj de pulsera de la muchacha que estaba parada de hacía rato frente a la cabina de Telecom, porque yo no suelo usar reloj cuando estoy con alguna preocupación encima o si salgo a nadar. Entonces, me di cuenta del tiempo que hacía que no hablaba con nadie, me refiero a una de esas conversaciones amistosas en que el tiempo no pasa. Mucho tiempo, me dije y cuando estoy mucho tiempo sin hablar con alguien me pasa que voy perdiendo conciencia de mi mismo y de las cosas de mi mismo, se que no me pasa solo a mi y cuando eso ocurre se empieza a ver todo muy distinto. Tampoco uno puede de la noche a la mañana dejar de ser como es para poder decir, a mi no me pasa. No por eso y por mera precaución caminé en línea recta y doblé la esquina para no cruzar ni tener que enfrentarme a cordones y semáforos. Los semáforos estan calculados en el tiempo de sus propios colores para la gente apasionada por el color, no para los desafectados o los preocupados que están descoloridos como peregrinos a causa de la preocupación y que tardan un montón de tiempo para una cosa y la otra, también para cruzar, con el riesgo que eso trae aparejado para uno y para otros. Yo tardo, siempre tardo, te lo confieso ahora, he tardado mucho tiempo en cruzar de un lado al otro, por ese maldito fervor religioso a perderme en alguna cruzada y luego quedarme solo como un tarambana medieval con el estandarte en alto y la preocupación adentro, como si verdaderamente viviese retrasado, en el siglo cuarto o tercero. Tambien he pensado en la culpa, por un momento pensé que la culpa de todo la tenía esa manía compulsiva de comprar ofertas, pero toda la vida la tuve y nunca pasó nada singular por eso, ni nunca estuve preocupado por el hecho haber tenido que comprar compulsivamente una oferta cualquiera, en un lado o en el otro. Hay quien vive toda su vida con culpa, y no siente culpa por eso. Es verdad, a pesar de que soy conciente de lo que significa para mi la ausencia prolongada de charlas compensadoras, te juro Dora que no extraño nada, lo que se dice nada. Se muy bien lo que vas a pensar, que nada no es nadie y que nada tampoco es ni pasa, para siempre, como suele decirse. Ya no me arrepiento por pensar de esa forma, hay formas peores de pensar que son las extremas, las formas extremas. Lo cierto es que así obligado de esa manera, pasé reiteradas veces por el frente del supermercado, siempre con un color diferente, como para que nadie pudiera darse cuenta de mi pasada, o pudiera entender que pasaba porque hacía rato allí había pasado algo o algo había quedado pendiente con alguno. Pero no, soy conciente de que solo lo hice solo por eso que te dije de no tropezarme con los cordones. No es nada, no pasa nada, me repetí una y mil veces, así y todo tuve que seguir con la incomodidad de las incontables vueltas a la manzana y de los varios curiosos sumados a causa de los colores solidarios. No volveré a entrar, dije.
Algo repuesto, y mas preocupado que de costumbre, decidí tomarme un tiempo. Miré disimuladamente el reloj de pulsera de la muchacha que estaba parada de hacía rato frente a la cabina de Telecom, porque yo no suelo usar reloj cuando estoy con alguna preocupación encima o si salgo a nadar. Entonces, me di cuenta del tiempo que hacía que no hablaba con nadie, me refiero a una de esas conversaciones amistosas en que el tiempo no pasa. Mucho tiempo, me dije y cuando estoy mucho tiempo sin hablar con alguien me pasa que voy perdiendo conciencia de mi mismo y de las cosas de mi mismo, se que no me pasa solo a mi y cuando eso ocurre se empieza a ver todo muy distinto. Tampoco uno puede de la noche a la mañana dejar de ser como es para poder decir, a mi no me pasa. No por eso y por mera precaución caminé en línea recta y doblé la esquina para no cruzar ni tener que enfrentarme a cordones y semáforos. Los semáforos estan calculados en el tiempo de sus propios colores para la gente apasionada por el color, no para los desafectados o los preocupados que están descoloridos como peregrinos a causa de la preocupación y que tardan un montón de tiempo para una cosa y la otra, también para cruzar, con el riesgo que eso trae aparejado para uno y para otros. Yo tardo, siempre tardo, te lo confieso ahora, he tardado mucho tiempo en cruzar de un lado al otro, por ese maldito fervor religioso a perderme en alguna cruzada y luego quedarme solo como un tarambana medieval con el estandarte en alto y la preocupación adentro, como si verdaderamente viviese retrasado, en el siglo cuarto o tercero. Tambien he pensado en la culpa, por un momento pensé que la culpa de todo la tenía esa manía compulsiva de comprar ofertas, pero toda la vida la tuve y nunca pasó nada singular por eso, ni nunca estuve preocupado por el hecho haber tenido que comprar compulsivamente una oferta cualquiera, en un lado o en el otro. Hay quien vive toda su vida con culpa, y no siente culpa por eso. Es verdad, a pesar de que soy conciente de lo que significa para mi la ausencia prolongada de charlas compensadoras, te juro Dora que no extraño nada, lo que se dice nada. Se muy bien lo que vas a pensar, que nada no es nadie y que nada tampoco es ni pasa, para siempre, como suele decirse. Ya no me arrepiento por pensar de esa forma, hay formas peores de pensar que son las extremas, las formas extremas. Lo cierto es que así obligado de esa manera, pasé reiteradas veces por el frente del supermercado, siempre con un color diferente, como para que nadie pudiera darse cuenta de mi pasada, o pudiera entender que pasaba porque hacía rato allí había pasado algo o algo había quedado pendiente con alguno. Pero no, soy conciente de que solo lo hice solo por eso que te dije de no tropezarme con los cordones. No es nada, no pasa nada, me repetí una y mil veces, así y todo tuve que seguir con la incomodidad de las incontables vueltas a la manzana y de los varios curiosos sumados a causa de los colores solidarios. No volveré a entrar, dije.
esta historia, que sí puede ser, continuará
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