jueves, 8 de marzo de 2007

Teatro






T E A T R O....






todo del teatro que siempre me picó

prologo
Madres Fundamentales, es una novela teatral, cuya dramaturgia introduce, a la cotidianeidad familiar que conforma la sociedad argentina, a partir de la segunda mitad del Siglo XX, mostrando su transmutación en el transcurrir del tiempo.
Es un franco y sentido homenaje a la mujer, a su fecundidad, (que no solo se traduce en el hijo) a su capacidad de lucha, de resistencia, de amor, de trabajo, que el autor sitúa en su ciudad natal, Buenos Aires, pero que bien podría situarse en cualquiera de nuestras dolorosamente manoseadas, Ciudades de Latinoamérica
Las palabras insertas en cada uno de los actos de esta obra transmiten un mensaje, una enseñanza, una denuncia y mucha verdad.....
En esta obra se realza el rol de las Madres de generaciones pasadas, quienes engendraron el devenir de la Madre actual en un proceso que comienza, el primer día de vida y solo termina con la muerte.
Rompe con los modelos sociales preestablecidos que fomentan la individualidad, la fragmentación, el aislamiento y el despedazamiento familiar.
Es un desafío a la libertad, a la sensibilidad, a la inteligencia y a la solidaridad activa.
Recrea en sus rasgos esenciales el habla coloquial, las modalidades propias de sectores sociales o grupos generacionales.
A través del lenguaje empleado en el cierre de la obra, se refleja la dicción que acompaña a los jóvenes hoy, y que a los adultos resulta difícil comprender….
Recordemos la expresión de Roberto Fontanarrosa, en el Congreso de Lengua del año 2004 “¿Porqué algunas palabras son malas palabras? ¿Le pegan a las otras palabras? ¿Son de mala calidad y cuando uno las pronuncia se deterioran? ¿Quién las define como malas palabras?"...........
Esta obra muestra estructuras instaladas en nuestra sociedad, desplegadas por sistemas políticos, que determinan comportamientos sociales e inhiben la actitud crítica, participativa y transformadora.
La Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires la declaro de interés provincial, en el 2008.
Profesora. Mirta Martinez (Ministerio de educación buenos aires)
Periodista. Lic. Mariano Serraino (Poder legislativo de la provincia)



PROLOGO de “MADRES FUNDAMENTALES”
En la historia de la humanidad las obras de teatro siempre han dejado para las siguientes generaciones contenidos que revelan y clarifican los acontecimientos políticos y sociales que rodeaban la vida cotidiana de los seres humanos de cada una de las épocas. El mérito de esta obra de Horacio Padellaro es que a través de simples y cotidianos núcleos familiares va revelando, tanto para el lector de la obra y, cuando esté plasmada en el escenario a los espectadores que la contemplan; van revelando como dije, los sufrimientos, las angustias, el peso del pasado y la incertidumbre del futuro, a través de ese presente al que el público asiste en el momento de la función.
En esta obra vemos que el teatro cumple nuevamente su función histórica, tal vez no modificando sociedades pero si, por suerte, modificando conciencias y ofreciendo miradas distintas sobre las realidades que se vivían en la época donde está puesta la acción de la obra.
Bienvenida sea esta obra de teatro sumando a la literatura teatral y a la cultura argentina un elemento más de reflexión. La otra virtud es que el vehículo de toda manifestación de esas realidades es a través de personajes que ya son míticos en la historia de nuestro país: “Las Madres”.
LITO CRUZ






MADRES FUNDAMENTALES
Pieza teatral en cuatro actos

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . “.No me busquen ni hoy ni mañana.
He partido lejos de mí.
Estoy en una fosa de lagrimas”. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Marc Chagall (madre)

......

ACTO PRIMERO

Madre Prudencia: “Nochebuena del ‘43”

Doña Prudencia y don Silverio, son padres de tres hijos: Juanita, la mayor, Rocío, la del medio, y Coqui, el menor.
Rocío está casada con Alfredo; y Juanita, con Pablo.
Rocío y Alfredo tienen dos hijos varones de, aproximadamente, diez y once años. Juanita y Pablo, dos niñas de unos catorce y quince.
Pablo, el marido de Juanita, es un cincuentón dueño de un importante taller de herrería para maquinarias agrícolas. Él nos muestra el perfil temprano del empresario argentino de las décadas posteriores.
Alfredo, esposo de Rocío, muestra un razonamiento que sugiere ideología, coincidente con el de su suegro Silverio. De algún modo, ellos son el germen del pensamiento que detentará, en forma decidida, la clase media radicalizada y activa de los ‘60/’70. Alfredo trabaja como vendedor en Tiendas Harrods. Las hermanas son amas de casa de diferente perfil.
Los respectivos lugares sociales que cada uno de ellos ocupa, marcan el carácter más suelto y autosuficiente de Pablo, que contrasta con la cautela, el celo y la discreción de Alfredo, quien se sitúa siempre cerca de Don Silverio.
A Rocío se la ve muy cerca de su madre, y también de Alfredo, pero sólo acompañándolo, sin intervenir demasiado. Ella marca la actitud de la esposa de un trabajador de clase media de la época.
Juanita aparece identificada con el estilo que le marcan las circunstancias. Pertenece a una clase acomodada a la cual ha adherido como resultado de su casamiento con Pablo y es, visiblemente, más joven que él. Es libre, aunque sujeta a los mismos cánones familiares de la época, pero anuncia cierta postura audaz, tal vez desafiante de la mujer que vendrá, ligada a las apariencias y a las formas de un modelo liberal futuro. Sujeta más a las formas que a la crítica, no reflexiona, dice, actúa, y se acomoda más cerca de la conveniencia que de la necesidad. Es una excelente “partenaire” de su marido. A sus hijas se las ve ubicadas dentro de este contexto, y el afecto aparece en ellas siempre ligado a la demostración de lo que pueden dar. Un dar para nada carente de significado emotivo y amoroso.
A los cuatro chicos se los ve unidos, juguetones y afectuosos, con las diferencias que marca la edad, el sexo de cada uno, y el carácter de sus respectivos padres. Todos están atentos y sujetos al decir de los mayores.
En este grupo, el estilo individual no llega nunca a molestar al otro aunque, a veces, rocen las diferencias. Prudencia es, decididamente, la regente cálida y directiva de un matriarcado formal en donde la ley, patrimonio de Silverio, está casi siempre sugerida en la actitud, más que dictada por la locuacidad. Las acciones de cada uno de los personajes privilegian una tendencia constante al equilibrio del grupo. Esto se debe advertir en las miradas y los gestos, las intervenciones y los silencios de Prudencia en relación a Silverio, y a las hijas en correspondencia a sus maridos. En verdad, la prudencia y la mesura forman el gran marco en que se desenvuelven estos personajes que, muchas veces, pujan por romper esas estructuras.
Coqui, el hijo menor de Prudencia y Silverio, es apenas unos cinco años más grande que sus sobrinas. Estudiante avanzado del Conservatorio Nacional de Música, se lo ve desenvuelto y juguetón. Es el consentido de todos, en especial, de su madre.
La acción se desarrolla en la casa de Prudencia con los preparativos para la cena de Nochebuena del año 1943, en la Capital Federal.
Hacia el final, antes de la escena de Silverio para la comida de Nochebuena, sugiero que se escuche por la radio una de las “Rapsodias Hebraicas de Bloch”. El volumen puede ir creciendo con la desesperación de los personajes.

ESCENA 1

En el living comedor de la casa amplia del barrio de Monserrat, (unos sillones, la mesa, el aparador, la música) entra Silverio y se sienta en su sillón próximo a la radio (puede escucharse música, noticias de época vinculadas a la celebración navideña y, quizás, a la guerra). Alfredo hojea una revista y toma el mate que le ofrecen regularmente. Rocío va y viene con la infusión con la que convida a su marido y a su padre. Prudencia entra y sale, fugazmente, aprontando detalles para la cena. Los hijos de Alfredo están ubicados en el sillón, cerca del abuelo, esperando jugar en el piso con autitos y dos o tres soldaditos de plomo que sacarán de los bolsillos con cierto recelo.
(La entrada de Silverio abre un espacio de distensión que, hasta ese momento, el espectador no debe percibir)
Silverio: (Entra trayendo un cuadernillo de anotaciones y un lápiz. Se sienta en su sillón. Demasiada tranquilidad no es buena, vamos a ver. Con gesto de haber olvidado algo) —Prudencia, ¿nos traerías las barajas que están sobre mi mesita de luz, por favor? Estos chicos están ansiosos por ganarle de una buena vez al abuelo, así después, tendrán “escobas” de sobra con qué barrer todo el año el piso a su madre. (Ríen) —Y ¡manos a la obra, muchachitos!, que ya es hora de ganarle a este viejo al que nadie ha ganado una sola escoba en su vida. (Risas de los chicos. Entra brevemente Prudencia y le pasa el mazo de naipes a Alfredo)
Prudencia: —¿Qué escuchan mis oídos? ¡Habráse visto! Por hoy, vamos a dejar que los chicos se lo crean (caras y gestos de los chicos). Después hablamos, tesoro, porque lo que es a mí me constan otros datos. (Silverio hace gestos como para que no diga nada más) —Sí, sí, después hablamos. —Alfredo, por favor, se las alcanza a su suegro, que tengo una salsa en el fuego y no quiero que se me pase.
Chico 1: (A dúo) —¡Dale papi! ¿Jugás? (El padre le hace gesto de que en la otra vuelta) —¡Dale abuelo!, decíle que juegue, que a vos te hace caso. —¿Y los porotos? Nene, faltan los porotos (su hermano sale a buscar los porotos a la cocina). —Yo anoto, abuelo. (Toma una hojita y un lápiz y se los pasa a su abuelo).
Chico 2: (Entra al momento) —Para mí que papi no juega porque no le quiere ganar al “campión del mundo”. (Festejan la broma).
Rocío: (en off) —¿Cómo dijiste? Se dice campeón, con “e”.
Silverio: —¡En la pista se ven los pingos! (Baraja las cartas). ¡A jugar se ha dicho! Menos charla y vamos a las pruebas (acomodan y dan cartas). ¡Pero miren esas caras! —A ver, vieja, estos muchachos, (cara de satisfacción de los chicos y complacencia de los padres que siguen la escena) me parece que tienen mucha sed. —¿No es cierto? A ver, a ver. Ya sé, les podemos ofrecer... una Bidú Cola, bien fresca, para cada uno con…pasta frola. —¡Abuela! (Alboroto de los chicos)
Alfredo: —Don Silverio, usted los malcría demasiado. Después van a querer “el dulce” todos los días.
Silverio: (A los chicos) —Ellos tienen claro que es sólo en casa del abuelo. (Con complicidad) Y no todos los días. —¿No es cierto, chicos? (Entra Prudencia con copas y una jarra de limonada)
Prudencia: —¡Tiene razón el padre! Este abuelo los malcría. A ver, viejo, déjame apoyar esto. Mejor dejamos la Bidú para la cena y para ahora nada mejor que una rica limonada bien dulzona. (Prueba ella) ¡Mmm, está riquísima!, justo como les gusta a ustedes. —¿Qué les parece? (Silverio, consiente con gestos como diciendo: “¡qué le vamos a hacer!”) ¿Está bien? Y, ahora, a jugar a las barajas con el abuelo, y a no llenarse la panza de líquido, que la abuela preparó muchas cosas ricas para esta Nochebuena. (En voz baja, como cuchicheando, uno de los chicos comenta algo a la abuela. Ella responde en voz alta haciendo notar que no se debe hablar en secreto en presencia de otros). —¿Tus primas? Ya deben de estar por llegar. Bueno, no me entretengan más, que todavía me falta la ensalada de frutas, y menos mal que su mamá me da una mano. (Los chicos se alborotan por cuestión del juego y la limonada. Entra Rocío trayendo cosas para la mesa. Mientras sigue el mate)
Rocío: —¡Shh! Chicos, chicos. A hacerle caso a la abuela. A ver, a ver. Yo también quiero probar. (Prueba la limonada) ¡Mmm, está riquísima!, más que la Bidú. (Los chicos rezongan) Como ésta no hay otra. (A Silverio) —Papi, a ver si vos nos dejabas tomar algo a nosotras, antes de comer. ¡Ni soda! porque decías que sino después nos iba a doler la panza, ¿te acordás? —¿No es cierto, mami?
Prudencia: —Es verdad, pero tu padre y yo sabíamos que la abuela Severa siempre les daba algo a escondidas. (Pausa) A ver quién le decía algo a la abuela, ¡cuidadito con decirle “esta boca es mía”! ¡Era brava la vieja! Hasta el último día, no dejó de decir lo que teníamos que hacer. Estaba en todo (con nostalgia), —¿no es cierto, viejo? Debe de ser por eso que se la extraña tanto. Siempre tenía algo para decir o para agregar a lo dicho. Y siempre tenía razón. Casi siempre. ¡Pobre viejita mía!
Chico 1: (Cómplice con el otro) —Abuela, pero entonces, vos sos más “severa” con tus nietos que la nona Severa con mami.
CHICO 2: —Entonces, Severa no era tan “severa”. (Jugando un poco con la palabra) (Ríen)
Alfredo: —¡Epa, epa!, a ver qué es eso. (En tono de límite, sin dejar de gustar del atrevimiento del chico. Amable). ¡Faltaría más! Estás hablando de la nona de tu mamá con tu abuela, no con una amiguita del aula. ¡Sí! Más vale, pongan atención al juego con el abuelo, que ya debe de estar cansado de ganarles, por distraídos.
Silverio: —Son chicos, Alfredo. Si no van a decir lo que piensan ahora, cuando sean más grandes tampoco lo van a hacer y eso no es bueno. Además, ellos saben (a los chicos), ¿no es así? Y, después de todo, les gano porque se dejan ganar, ¿no es cierto, chicos? A ver, ahora te toca dar a vos, y corta tu hermano. (Señala)
Prudencia: —Rocío, no te quedes ahí tan tranquila. “Tranquilina”, deberías llamarte. Si no nos apuramos un poco, no llegamos. ¿Viste la hora qué es? Parece mentira, pero desde las siete de la mañana que no paro. Y tu hermana que, como de costumbre, llega cuando todo está listo; seguro que se quedó charlando con alguna amiga o, a último momento, se le ocurrió hacer algo. A ella nunca le alcanza el tiempo. ¡Cómo si la estuviera viendo a la señora! Siempre deja todo para el final.
ROCÍO: —Seguro que habrán pasado por la casa de la hermana de Pablo (se le acerca al oído a Prudencia). Ahora está bien, pero estuvo con contracciones y el doctor le ordenó reposo.
Prudencia: (En voz baja) —Pero, ¡cómo!, tu hermana no me dijo nada. Mirá si pasaba algo, ya está como de ocho meses. Gracias a Dios que no pasó nada. (En voz alta). —Y, chicos, ¿cómo va eso?, ¿quién va ganando?
ROCÍO: —Querido, ¿no me ayudás con esto? (Extiende un mantel y repasa unas servilletas). ¡Mirá si seré distraída!, tengo servilletas de dos juegos distintos. ¡Qué cosa! ¡Quisiera que alguien me dijera adónde puse la cabeza hoy! (Alfredo toma la pila de servilletas que le pasa su mujer)
Prudencia: (Le saca la tarea de las manos) —¡A ver!, traiga eso para acá. Éstas son cosas de mujeres, que para eso somos amas de casa. Ustedes, los hombres, ya es bastante con que trabajen toda la semana, ¿no le parece? Si es por dar una manito, en todo caso después, en la mesa, para descorchar la sidra, romper las nueces, esas cosas…
ROCÍO: —¡Llenar las copas!
alfredo: —No se preocupen, que todo eso se hará. (A Prudencia) —Mire que su hija, a pesar de sus recomendaciones, igualmente me manda a lavar los platos todas las noches. (Mirada socarrona)
ROCÍO: —Pero, ¡mirá las cosas que dice! No le creas, mami, es un mentiroso, apenas si, a veces, me pone la mesa cuando estoy muy atareada.
Prudencia: (Sin dejar de hacer cosas) Como sea, si es sólo eso, no está mal. En ciertas ocasiones, está bien que colaboren. “Lo cortés no quita lo valiente”. O al revés, en este caso (mira de reojo a los chicos que escuchan con disimulo sin abandonar lo suyo). Pero no como una costumbre, eso sí que no. ¡Yo, con tu padre! ¿Eso? ¡Qué esperanza! Y menos con las cosas de la cocina, que de eso los hombres no saben nada. Ahora, si se trata de alguna otra cosita que siempre se necesita, algo que precisa fuerza, entonces puede ser, así decía mi mamá. (A Rocío, cambiando de tema) —Hija, hoy quiero poner el otro mantel blanco. El de los patitos que bordó la abuela Severa, para la Comunión de Teresita, lo dejé doblado sobre mi cama. ¿Lo traerías, por favor? (Cruzan mirada con Silverio)
Silverio: —Es la tercera Navidad que no tenemos a doña Severa con nosotros. Así son las cosas. Se la extraña más que antes. (Al chico. Mira el juego) —A ver, vos. ¿Cuánto hiciste? (Mira al otro chico) —¿Y vos? Pero, ¡ganaste otra vez! No, ¡así no vale! Alfredo, no mande a su hijo a poner más atención al juego, porque no les voy a ganar nunca más.
Rocío: —¿Tres años ya, papi? Todavía me parece mentira que no tengamos a la abuela con nosotros. Ahora estaría pegada al horno. —¿Te acordás, mami?
Silverio: (Cambiando de tema) —A ver, Rocío.
Rocío: —Sí, papá.
Silverio: —Tu marido y yo tenemos sed. ¡Pero sed de una sidrita bien fría!
Alfredo: (Cómplice) —¡Muertos de sed!
Silverio: —Yo creo que ya es hora de la primera botella, ¿no le parece, Alfredo? (Rocío trae una botella. Alfredo se apura a descorcharla)
Alfredo: —Por mi parte, la primera ya se tomó en la tienda.
Prudencia: —¡Alfredo! ¿Cómo “en la tienda”? ¿Desde cuándo Harrods es una tienda? ¡Habráse visto, cómo habla este hombre de su trabajo! Como si fuera cualquier cosa ser jefe de sector, en las Tiendas Harrods.
Alfredo: —Está bien, doña Prudencia, pero tienda al fin. Quiero decir que brindamos con los muchachos al mediodía. (A Silverio) —Por eso, para mí, ésta será la primera de la tarde. (Sonrisa) Parece que las señoras también tienen sed. (Prudencia extiende una copa para que le sirva. Le sirve. A Rocío le ofrece de su copa)
Silverio: —Sí, sí. Hay que ver, hoy en día con las muchachas. ¿Ve? Son las cosas de la modernidad. ¿Qué le vamos a decir, si así están las cosas? (Sigue jugando).
Prudencia: (Alcanza la copa) —¿Modernidad? ¡Mirá, vos!, faltaría que comamos en la cocina. —¡Uhh! Así está bien, Alfredo, a ver si todavía me quedo dormida antes del brindis. (A los chicos) —Chicos, si la abuela se duerme, ¿ustedes la despiertan?
Chicos: —Sí, claro, abuela. (Gestos de complicidad).
Silverio: —¿Y, Alfredo? Así está mejor. Me imagino que hoy habrán vendido lindo.
Alfredo: —No crea, don Silverio. Ayer, sí, hubo buena venta. Parece que, últimamente, la gente está mejor dispuesta, quiere estrenar y también obsequiar.
Silverio: —Y es justo, después de un año tan duro como el que pasamos, es justo, aunque sea así, estrenando o regalando algo. La gente necesita sentirse mejor. (Pausa) Y pensar que miles de familias, esta noche… ¡Quién sabe cómo la estarán pasando! ¡Qué barbaridad!
Alfredo: —Escuché que desde la medianoche de allá, regía una tregua por la Navidad.
Silverio: —¿Tregua de Navidad? ¡Cómo si se tratara de una disputa pugilística! Y mañana, ¿qué?, ¿se juega otro round? Debería regir el cese total. Deberían marcharse cada uno a su casa, sin más trámite. Desacato total a los mandos. ¡Eso!
Prudencia: (Visiblemente turbada y con rabia) —No quiero pensar en todos esos chicos. Y en todas esas pobres madres. Impotentes, desesperadas, sin respuestas. ¡Bendito sea Dios! (Se persigna. Pausa) Pero, ¿es qué no hay nadie, en este planeta, que pueda pararse en el medio de toda esa porquería y gritar bien fuerte: ¡Basta! La justicia, el Papa, el mismo demonio, ¡alguien, alguien! No sé. (Recuperando cierta calma y volviendo a las tareas). Mi padre decía que la guerra es cosa del demonio. Que es algo que sólo el hombre es capaz de hacer.
Silverio: (Con pesar y nostalgia) —En la del ‘14, mi abuelo perdió dos hijos; dos chicos, que apenas tendrían diecisiete años. Después, pudo mandar para acá a papá y a mi tío Chicho. El abuelo se quedó con la abuela y dos hijas mujeres. (Pausa) No se volvieron a encontrar nunca más. Sólo cartas y, de vez en cuando, el finado papá, les mandaba alguna encomiendita. Cuando se podía.
Prudencia: —Parecería que esto no va a terminar nunca. Esperemos que el año que llega nos traiga la paz y la tranquilidad de una vez por todas. ¿Será mucho pedir?
Rocío: (Ha permanecido pensativa) —La otra noche tuve un sueño desolador. Era como una visión dentro del propio sueño. Yo volaba en un aeroplano, que no tenía nada a los costados, sólo las alas. Tenía dos asientos y nada más. Pero era un avión, porque yo podía ver girar las hélices. Abajo, una extensa llanura solitaria. Más bien, un declive enorme; tal vez, una inmensa, enorme fosa, pero sin costados. Allí, entre nubes de humo, se movía una muchedumbre de mujeres solas, harapientas, con las caras y las manos tiznadas, manchadas. Llevaban pañuelos negros en la cabeza, así como el que usaba la nonina, que siempre estaba de luto. Arrastraban, en una especie de carritos de bebés, pilas de cosas inútiles, inservibles. Algunas de ellas eran viejitas; pero, la mayoría, jóvenes. Buscaban, revolviendo entre los escombros y la basura. (Pausa) Lloraban en silencio, sin dejar escapar un solo sonido. Todo era movimiento, lentos movimientos en un insoportable silencio. Entonces, alguien dijo: “Los gemidos del silencio”. Afligida, levanté la mirada y otro alguien, que estaba a mi lado, dijo: “No hay que asustarse, lo que se ve es una fosa de lágrimas, y hay muchas más”. Entonces, desperté, sobresaltada. No sé por qué, estoy contando esto.
PRUDENCIA: —Rocío, eso no es un sueño, eso es un horror. Eran madres y abuelas, que buscaban a sus hijos entre la basura. (Angustiada, solloza)
ROCÍO: —A lo mejor, ahora, lo estoy exagerando. (La abraza) No te pongas así, mami, es sólo un sueño. Vas a ver cómo, en este año que empieza, todo cambia. Vos misma, ¿no lo decís siempre?: “No hay que perder la esperanza”. ¡Dale, mami! Cambiá esa carita, si sabía no abría la boca.
Prudencia: —No es sólo tu sueño, mi’jita. Esperemos, esperemos que todo ande mejor. La abuela se nos fue, sin ver el final de esta maldita guerra, y eso también me la mató un poco. (Con rabia) A mí, que no me vengan a decir otra cosa. Estaba enferma, pero esto la terminó de matar. Es imperdonable.
Silverio: —Si nos sirve de consuelo, hay que pensar que una guerra es la parte más cruel y siniestra de la eterna puja entre los poderosos. Sólo para lograr más poder. Es una miserable cuestión de intereses, y contra eso no puede nadie. Hasta que este enfermo orden social no cambie y los pueblos no aprendan a darle la espalda a lo que no quieren, a decirle ¡basta! a las imposiciones de los que mandan, no podremos esperar otra cosa que más de lo mismo.
Alfredo: —Yo pienso igual. Y si no fuera la guerra, sería otra cosa por el estilo o, tal vez, peor. (Pausa) Siempre los mismos crápulas, de un lado o del otro. Responsables encubiertos que, finalmente, terminan apareciendo como héroes. Así pasó siempre. Si uno lee la historia entre líneas, sabe que es así. Es como usted dice, don Silverio.
Silverio: —Y, sí. Los poderosos no se sujetan a ninguna ley. Gane quien gane, después te la cuentan con adornos de patriotismo o cosas por el estilo.
Rocío: —Y “san se acabó”. ¡Adornitos! Y, ¿de la verdad? Nada. Para mí, la verdadera historia es la que escriben esos pobres chicos alejados de sus hogares, lejos de sus padres, de sus esposas, de sus hijos. ¡Eso es terrible, terrible!
Alfredo: —Lejos, perdidos, enloquecidos o muertos. Como en tu sueño, vaya uno a saber.
Prudencia: —No quiero imaginar a toda esa pobre gente muriendo, mientras espera pasivamente, soportando en sus casas. (Pausa) Mientras tanto, nosotros aquí, como si no pasara nada. Sólo porque aquí no nos pasa nada. En la calle, la gente casi no habla del tema.
Silverio: —Las noticias están, que no se digan es otra cosa. La gente no habla de lo que no le duele; apenas lo hace de lo que le afecta directamente. Pero es cierto, nadie dice nada. (Pausa) ¿Saben que los cañones llevan fundida una inscripción en latín, que dice: “última razón de las naciones”? ¡Qué ironía!, ¿no? Un cañón como razón. Esas bestias deben pensar que a la sangre de esa razón, la lava la lluvia. Como al estiércol que dejan los caballos en el adoquín de la calle.
Alfredo: —A mí no me sorprende, cuando el propio gobierno prohibe aquí, los festejos que se preparaban por los triunfos de la Resistencia Francesa. ¿Qué se puede esperar? A la corta o a la larga, “con nuevos monumentos” se taparán la indiferencia de la gente y los “malos entendidos” del gobierno.
Silverio: —¡Qué se puede esperar de estos crápulas! A falta de valentía, bienvenida la diplomacia. Es lo que decimos siempre, Alfredo, es imprescindible formar la conciencia de la gente. Y no creamos que es nada fácil, será toda una lucha. Nosotros lo sabemos muy bien. (Miradas con Alfredo de coincidencia ideológica).
Prudencia: (Con decisión) —Mejor cambiemos de tema. (Repara en los chicos que están alejados, pero atentos a lo que se está hablando) ¡Dios mío, viejo, que están los chicos!
Silverio: —Sí, los chicos. Ya pronto se van a poner los pantalones largos. Algo pueden empezar a escuchar y así sacar sus propias conclusiones. Pero la abuela tiene razón, mejor cambiemos de tema. (Siguen jugando y acomodando las cosas, como si nada se hubiese dicho. Luego, Silverio se disculpa y sale).
Prudencia: —Silverio, viejo… ¿Te sentís mal?
Silverio: —Estoy bien, debe de ser el calor. Me voy a mojar un poco la cara. (Sale).
Prudencia: (En voz baja) —Bueno. Alfredo, por hoy, no se habla más de trabajo ni de política. Nada de preocupaciones.
Alfredo: —Pero, ¡si yo no dije nada! Usted sabe cómo se toma él las cosas a pecho. No hace falta que nadie se las diga. Solito las sabe y se las acuerda muy bien. Aunque no hablemos, de todas maneras, él piensa. ¿No vio? No saca la oreja de la radio. Lástima que no haya muchos más como su marido, doña Prudencia.
Prudencia: —Bueno, justamente por eso, porque piensa demasiado es que digo lo que digo. Con tanta preocupación, hace un tiempito que no lo veo del todo bien. Él dice que son los calores, y es cierto que no ayudan para nada. (Pausa). Así que mejor no hablemos más de esas cosas, que con hablar no vamos a solucionar nada. (A los chicos) —Chicos, ¡ya se tomaron toda la jarra! Pero, ¡qué cosa!, (retira la jarra) ahora seguro que no comen. ¿Ven? Son tremendos, siempre le hacen lo mismo a la abuela. ¡Estos chicos! ¡Y Juanita que no llega! Ya son más de las siete y todavía ni noticias. ¡Hay que ver esta muchacha la pachorra que tiene! ¡Yo no sé a quién salió!
Alfredo: (Casi interrumpiendo, se ha quedado pensando) —Doña Prudencia, me dejó preocupado. Dígame, ¿no anda bien de salud, Don Silverio? (Rocío manifiesta un gesto de sorpresa) —¿Vos sabías algo, Rocío?
Prudencia: —No, hijo, ella no sabía nada ni pasa nada. La semana pasada estuvimos en lo de Corral y lo vio bien. Deben de ser cosas que se me ocurren a mí. Seguramente es el calor. Además, las fiestas. Si por él fuera… No se preocupe, que no es nada. Sólo les pido prudencia con las cosas que se hablan en la mesa, eso es todo. (Se miran con los chicos. Ellos ríen por la palabra “prudencia”, que para ellos es sólo el nombre de la abuela) —Y ustedes, cuidadito con reírse de la abuela Prudencia, (con gracia) ¡cuidadito!
Alfredo: —Entendido. (Mira a los chicos que le sonríen. Luego, a Prudencia) —Y, ustedes, (algo cómplice) cuidadito con reírse cuando habla la abuela. Ya oyeron, ¡mucha prudencia! (Risas por lo bajo) Pienso que Pablo recién debe de estar llegando a su casa. Me dijo que hoy tenían que despachar, por ferrocarril, cuatro juegos de discos y una trilladora completa, y eso lleva su tiempo. Durante la cosecha no hay Navidad ni cosa que se le parezca. El campo no puede parar. (Mira el reloj) Pero, ya deben de estar por llegar, seguramente.
Prudencia: —Si es por trabajo, está bien. A Pablo lo disculpamos; pero, a la señora de Pablo… ella muy bien podría haber venido tempranito, con sus hijas, a dar una mano a su madre y a su hermana. ¡Toda la vida fue igual!, de chica se las ingeniaba para escaparse de las tareas domésticas, estuviera donde estuviese. Y esas hijas suyas, ¡hay que ver lo que les espera a los pobres futuros maridos de las chicas! Juanita fue una malcriada, y las hijas van a ser tan malcriadas como ella. ¡Ay, con estas madres modernas! ¡Qué se le va a hacer!
Rocío: —Mi hermana es así, es su forma de ser. (Defendiendo a su hermana).
Prudencia: —Sí, ¡claro! Decíme nena, ¿vos viste “La Pequeña Señora de Pérez”, la nueva cinta con Mirtha Legrand? (Risas) ¿A quién te hace acordar?
Rocío: —Sí, sí, la vimos. ¡Pero no la podés comparar, mamá! Juani siempre fue muy independiente y, en la casa, hace todo. Menos la limpieza, todo. (Pausa) Y eso de malcriada, vos nos criaste a las dos de la misma forma. (Reflexionando sobre lo dicho). Yo te digo, por un lado, mejor que ella sea como es y que críe a sus hijas de ese modo, con independencia y soltura. Si los míos fueran niñas, yo haría lo mismo que ella. Aunque yo sea diferente… (Caras de los chicos por lo que dijo su madre de supuestas hijas mujeres).
Alfredo: —Tampoco hay que exagerar. Eso de que si tus hijos fuesen chicas, con las dos de Juani ya está bien. Las cosas están bien así, ¿no es cierto, chicos?
Prudencia: —¿Cómo es eso de que vos sos diferente? ¿No decís que las crié igual? ¿No estás conforme? Cada una es como es. Y es cierto, vos salís a mí. Pero, esa muchacha, no sé a quién salió. ¡Hay que verla! (Cambia de tema. Mientras sale, a Alfredo). —Alfredo, ¿cómo anda su mamá? En esta semana, me voy a hacer una escapadita para saludarla, todavía le debo el regalito de cumpleaños.
Alfredo: —Bien, anda bien y manda muchos saludos.
Rocío: —¡Ah!, y dice que si no te arrepentiste, acepta tu invitación para Año Nuevo. (Pausa) —Alfredo, querido, fíjate qué hacen tus hijos en la cocina, que no los escucho. No vayan a romper alguna cosa, yo ya les dije que salgan a jugar al patio; pero, a mí no me hacen caso. Andá vos… (Entra Silverio)
PRUDENCIA: —¡Mirá las cosas que dice! Que si no me arrepiento, ¡cómo me voy a arrepentir!
Silverio: —En el patio se está mucho mejor. Por suerte, está corriendo un poco de aire. Para mañana se espera más calor que hoy, lo escuché recién por la radio. Parece mentira, después de un invierno tan frío. Vieja, ¿hay suficiente hielo? Mirá que mañana va a estar bravo.
Prudencia: —Quedáte tranquilo, hay suficiente.
Silverio: —Sí, ¡ya veo!, vamos a tener que tomar la bebida con bombilla, como si fuera mate. —¿Qué le parece, Alfredo?
Alfredo: —¿Mate de sidra? ¡Ja! La verdad es que no estaría mal, si no queda otra salida… Será cuestión de probar, don Silverio. ¡Cuente conmigo!
Prudencia: —Miren, mejor me callo. Hay hielo como para enfriar la casa entera.
Silverio: (A los chicos, procurando despertarles la imaginación) —¿Se imaginan lo que dice la abuela: enfriar con hielo? ¿Cómo se les ocurre que se podría hacer? Debe de haber alguna manera, pensemos. (Interesados, los chicos se le acercan).
Chico 2: —Mi papá sabe. Él me contó, pero ahora no me acuerdo. (Mira a su padre) —¿Cómo era, papi?
Alfredo: —Yo les contaba que en Norteamérica, hace ya rato que algunos autos tienen aire frío. Nada del otro mundo. Es un aparato, una cajuela con hielo adentro, montada sobre el techo, y con el viento ¡ya está!, enfría el aire, que entra directo al auto, y así la gente viaja fresquita, feliz y contenta.
Chico 1: —Sí, pero el asunto es cuando bajan. (Risas)
Alfredo: —Se apantallan y ¡listo! (Risas)
Prudencia: —Si lo inventaron para los autos, es seguro que en las casas ya deben de tener algo parecido. Estos norteamericanos tienen de todo, ¡usted ve! Y lo que no tienen, se lo inventan de un día para el otro.
Rocío: —Leí en la revista “Para Ti”, que la mayoría de los norteamericanos tienen heladera eléctrica y televisión; sí, televisión… ¡ah!, y dos radios por casa, como mínimo, ¿qué me cuentan?
Alfredo: (Con ironía) —¡Qué me cuentan! Que ya contaste vos, dos de esto, uno de lo otro. Y a nosotros se nos descompuso la plancha.
Rocío: —¡Ay! no seas mentiroso. Pero bien que te gustaría vivir como ellos. Para mí, son increíbles. (Pausa) Aunque ahora, quién sabe cómo estarán con la guerra. (Entra Coqui, que viene de la calle, y saluda).
Alfredo: (Saluda a Coqui, pero ha seguido a Rocío en lo que dice) —Como quiera que sea, ellos no tienen la guerra en su casa. Mandan tropas y cañones, y la siguen por la radio, ¡ah! y por la televisión.
Prudencia: (Inquieta) —Bueno, bueno. Otra vez “la burra al trigo”. Yo digo, ¿a ustedes, no les alcanza con sus reuniones? (Conciliando) —En familia se habla de otras cosas. (A Coqui) —Por fin, llegó el señorito, ¿no le parece que ya era hora de estar en su casa con su familia. No sé, digo, ¿o será que no miramos el almanaque? Andá a cambiarte la camisa, porque la que tenés está empapada. (Coqui va saliendo, sacándose la camisa). Antes date una lavada. ¡Este hijo!
Alfredo: (A Coqui, en voz baja y con picardía) —¿Quién sabe por dónde habrá andado el muchacho, “sudando la gota gorda”?
Coqui: —¡Eh, cuñado, no me deschabes! ¿Qué van a decir? (Palmadita al pasar, mientras va saliendo). —En serio, mami, como era temprano fui hasta lo de Tito. Y ya sabés cómo son los viejos. La mamá de Tito, ¡un fenómeno! No paraba de convidar cosas: que macitas, que pan dulce, y qué sé yo cuántas cosas más. Y antes de venir, el papá me dice: (imitándolo) “Pero, Coqui, cómo no va a brindar con nosotros antes de irse, ¡Tito! tráete una cerveza bien fría”. No pude decir que no. Al rato, llegó el hermano con la familia y brindamos con sidra. Si fuese por ellos, un poco más, y me tengo que quedar a pasar la Nochebuena en su casa, ¿te imaginás, vieja? (Ya fuera del escenario, en off) —¡Ah!, les mandan muchos saludos a todos.
Prudencia: —Pero, mirá vos qué bien; pero, si no faltase más, con lo atentos que son en esa casa con el jovencito, ¡vaya, vaya! Y se agradecen los saludos, pero usted tiene una madre y un padre.
Rocío: —Y una familia. (A sus padres) —Son muy buena gente los padres de Tito. Coqui exagera para hacerte rabiar, mami. ¿No lo conocés? (Entra Coqui, abrochándose una remera).
Coqui: —Mami, ¡mirá si van a querer que me quede con ellos! Vos te creés todo. ¿No sos igual vos, con Tito, cuando viene? A ver, papi, decí…
Silverio: —Sí, sí, sí, lo que vos quieras. A Tito se lo quiere mucho, pero en otro momento. Usted viene a la hora que tiene que venir. (Benigno) —No hay que parecer desubicado, es una cuestión de buena educación y de prudencia. (Ríen otra vez, los chicos, y también los grandes, por la alusión al nombre) —¿Entendido? (Lo palmea). Eso es todo, no hay nada más que decir. (Cesan los comentarios).
Prudencia: —Bueno, ahora vas, te das una buena “lavadita” y, después, te ponés la camisa nueva que está sobre la cama. Es para que la estrenes esta Nochebuena. Te la trajo tu hermana y espero que te guste. (Coqui agradece a su hermana y sale presuroso) —¡Ah, Coqui!, después te vas con tus sobrinos hasta lo de don Carlos, hay que buscar unas cositas para mañana. Ya debe de estar listo. (Por lo bajo) —Viejo, ¿me das, que no me alcanza, y así le pago todo?
Chico 1: (Al tío, pero como para que todos lo oigan) —Tío, a la vuelta, ¿compramos cohetes? ¡Dale! ¿Sí?
Alfredo: (Desentendido) —Chicos, no griten, que el tío no es sordo.
Chico 1: —¡Dale tío! (A Alfredo) ¡Dale, papi! ¿Me das para comprar?
Prudencia: (Entra Coqui y le da dinero) —Tomá Coqui, y compráles también los cohetes, porque la verdad es que se lo merecen, este año han sacado las mejores notas de todo el grado. ¿Le contaron al tío? Bueno, ahora le van contando por el camino. (Mimos)
Silverio: —Vieja, ¿no te parece que tenemos ya demasiada pólvora en el ambiente? Creo que no están las cosas como para petardos ni cohetes.
Prudencia: —Está bien, el abuelo tiene razón: ni petardos ni cohetes. —Pero, viejo, es Nochebuena, algo hay que tirar. (A Coqui) —Comprá, aunque más no fuera, unos “Raspaparé” para los chicos y “estrellitas” para las nenas. (En voz baja) Y algunos cohetecitos, una o dos cajitas. (A los chicos) —¿No es cierto que hace falta un poco de barullo? Bueno, ahora vayan, que se hace tarde. (Salen).
Rocío: —Las cañitas son inofensivas. Papá, me parece que te hacés mucha mala sangre con todo esto, si igual no cambiás nada. Mami tiene razón. Hoy es Nochebuena y un poco de barullo no nos va a venir nada mal.
Silverio: (Improvisa una sonrisa) —Pero, sí, está muy bien, hija. Esta noche es Nochebuena, mañana es Navidad y, en Roma, San Pedro dará la bendición. (Apagón)

Escena 2

Todos en la escena. Ya han llegado Pablo, su mujer y sus dos hijas. Faltan Coqui y los chicos, que han salido de compras. Ellas se mueven con soltura, entran y salen de escena, probando algún bocadito que rescatan de las idas a la cocina. Inspeccionan, comentan.
Prudencia, Rocío, Juanita y las chicas se ven ocupadas en los menesteres próximos a la cena. Alfredo y Pablo platican en voz baja mientras escuchan, cercanos a la radio, un breve informe concerniente a la guerra. Silverio, también muy cerca del aparato, oye con más atención y hace un gesto de intranquilidad. El mensaje es breve, en medio de un programa musical. (Toman algo)
Pablo: —Don Silverio, me parece que le presta demasiada atención a todo eso. Gracias a Dios, nosotros acá no nos podemos quejar. No estamos en guerra, las exportaciones de granos aumentan y también el trabajo. La semana pasada tuve que tomar a otro mecánico y a dos herreros. ¡Nos vamos para arriba! Tenemos que dar gracias a Dios. ¿Qué otra cosa podemos hacer? (Sus palabras quedan un poco en el aire. Entonces, se dirige a Prudencia) —Doña Prudencia, la verdad es que a este pan dulce se lo ve mejor que nunca. Parece que ya le tomó bien la mano a la cocina nueva.
Prudencia: —No es sólo cosa del horno, ¡son años! Lo hago tal cual lo hacía mi abuela. Me alegro de que le guste; pero, ¡cuidadito con pellizcar las pasas! No vaya a ser que, por eso, después me lo dejen.
Pablo: —No se preocupe, suegra, que si queda me lo llevo a casa. Usted sabe muy bien que yo soy un fanático de sus pan dulces. (A Alfredo) —Alfredo, me imagino que en estos días habrás batido récord de ventas. Es Nochebuena y a todos nos gusta estrenar y regalar.
Juanita: (A Prudencia, por lo que dijo Pablo) —Pero, ¿viste cómo te adula? A mí siempre me dice lo mismo. (Acomoda la camisa de Pablo) —¿Les gusta cómo le queda?
Alfredo: (Haciendo esfuerzo por no escuchar) —No, Pablo. Yo no batí ningún récord. Ahora, que si es por la firma, es cierto, no le ha ido nada mal, porque nunca ha dejado de vender bien en las fiestas. Pero no te creas, regalan los que pueden. Yo, que estoy en el rubro, lo veo.
Rocío: (Conciliadoramente, se acerca y le acomoda el cuello a Alfredo).
—Alfredo, Pablo tiene razón, ¿acaso no estás vos también, de estreno? (Mira a Juanita) —Las compramos juntas y en el mejor lugar. (Miradas con Alfredo, dando a entender que las compras fueron hechas en su tienda) (A Silverio) —Papi, ¿vos no vas a estrenar la tuya?
Silverio: (Con intención de romper la tenue tensión creada) —Mañana, hija, mañana. —Alfredo, ¿no me alcanzarías los anteojos que están allí? Vieja, por favor, pasáme las píldoras.
Prudencia: —¿Qué pasa, viejo, te sentís mal? ¿No la tomaste a la mañana?
Silverio: —Sí, pero me dijo Corral, que si hace falta puedo tomar dos. Y con este calor, creo que voy a necesitar dos… “dos docenas”. (En son de broma, resta importancia) —Eso es todo, vieja.
Juanita: —Me parece que el calor no es para tanto, papi. Igualmente, ya lo hablamos con Pablo, cuando pasen las fiestas te pido una hora con el médico del padre de Pablo. Corral ya no da en la tecla. Tenés que ver como anda mi suegro, ¿no es cierto, Pablo? Parece mentira. Desde que él lo trata, anda como un relojito suizo. Eso sí, con un régimen moderno que mi suegra le hace cumplir al pie de la letra.
Prudencia: —Nena, ¿qué querés decir?, ¿qué yo no cuido a tu padre?
Juanita: —No, mami, yo no digo eso. Lo que pasa, es que Corral a vos no te dice nada. Me parece que los tiene un poquito a la deriva. Además, el pobre ya está grande.
Silverio: —Ni Corral ni tu madre. Soy yo que, a veces, me paso un poco, un poco bastante de la raya.
Pablo: —Justamente, por eso, don Silverio, nos gustaría que lo viera Ovejeros. ¡Mire cómo será de bueno, que tiene el consultorio siempre repleto! Una fila de autos frente a su casa, de la mañana a la noche, todos los días. Además, hay que ver, tiene las paredes llenas de diplomas. No lo tome a mal, pero Corral ya está grandecito. No se hable más. Con todo respeto, don Silverio, Juani tiene razón.
Chica 1: —Además, la hija del Dr. Ovejeros es amiga mía.
Chico 2: (Por lo bajo) —Nena, eso no tiene nada que ver. ¿No ves que están hablando del doctor, y no de tu amiguita?
ROCIO: (A Juanita y a Pablo) —Nosotros nunca tuvimos ningún problema con Corral. Él nos trató siempre a todos, desde que nacimos, y nunca tuvimos ningún problema, vos lo sabés. Es papi que no se cuida. Él mismo lo reconoce. Aunque, por ahí, no vendría mal que te viera el doctor Ovejeros, si Juanita lo dice.
Silverio: —Querida familia, les agradezco tanta preocupación. Pero, creo que no es momento de hablar ni de médicos, ni de dietas, ni de la salud de este viejo travieso. Yo estoy bien. (A las nietas) —¿No es cierto, chicas? Vamos a ver. Vengan para acá y cuéntenle al abuelo, cómo andan sus cosas en la escuela. (Las lleva a las chicas a un costado). ¿Cómo es eso de tu compañerita, la hija del doctor? Claro, ahora que están más grandes ya no vienen a charlar ni a jugar a la lotería con los abuelos. Apenas si almuerzan con nosotros algún que otro domingo. Y, pronto, seguro que ni eso. No crean que me estoy quejando, sólo que… (Siguen comentando a un lado).
Chica 1: —No, abuelito, ¡te lo prometo! Mirá que la semana que viene terminan las clases. Te juro que vengo todos los días. (A la madre) ¿No, mami, que ya dijimos, que en las vacaciones íbamos a venir más seguido?
Chica 2: —¡Sí, sí, abuelo! Lo que pasa es que las pruebas de segundo de Magisterio no son como las de primero. (Mira a su primo de reojo) ¡Qué esperanza! ¡Tenés que ver lo que fueron este año! Casi ni dormí, vos no sabés, abuelo.
Chica 1: —Peor las de tercero. Y no te imaginás los deberes interminables que nos daba la de matemáticas y la de castellano. Casi todo el trimestre, nos hizo leer un libro por semana. ¡Contále, mami! ¡No tenés idea, abuelo!
Juanita: —Y eso no es nada, papi. En inglés, este año sí que se han lucido tus nietas. Sobresalientes, las dos. —Chicas, cuéntenles a los abuelos.
Prudencia: —Mis cuatro nietos son lo mejor del mundo. (Los junta a los cuatro) —Estamos muy orgullosos. No hay otros, no hay iguales. Han salido todos al tío Coqui. Y a los papis, claro, no hay vuelta que darle.
Juanita: —¡Muy bien! ¡Traé el babero para la madre del hijito varón!
Pablo: —Por nuestra parte, Juani y yo, no nos podemos quejar de las señoritas. Porque ya son dos señoritas, como yo siempre les digo. Y como premio, ya les dije que, para cuando se reciban de maestras, vamos a hacer un viajecito a Norteamérica. Nada del otro mundo.
JUANITA: —Y, sí, Europa va quedar en ruinas después de esto. Norteamérica va a ser la capital del mundo, ya vamos a ver.
PABLO: —No es eso lo que quise decir; pero, igualmente, Juanita tiene razón. ¿No le parece, don Silverio? —¿No creen? (No logra la atención de todos).
Silverio: (Resignado) —Sí, no hay duda, por supuesto. (Alfredo asiente con un gesto).
Juanita: —Pablo tiene razón en la elección; porque, ¿qué cosa se van a poder ver en Europa, dentro de dos o tres años, que no sean ruinas? (A Prudencia y a Rocío) —Y ustedes, mientras tanto, vayan preparando los pañuelos para la despedida; porque el viaje no va a durar menos de dos meses. Y, casi seguro, que la vuelta la hacemos por vía aérea. (Sorpresa y confusión)
Rocío: —¿Tanto tiempo? ¡Ay, hermanita! La verdad es que me podrías llevar.
Alfredo: —¡Rocío!
Pablo: —¿Por qué no, cuñado, por qué no? Es la hermana y se lo merece. Todos nos lo merecemos. ¿Por qué no todos? Como las cosas sigan yendo como hasta ahora. ¿Por qué no vamos a poder?
Prudencia: —Mucho viaje, mucho viaje. Eso es para ustedes que son jóvenes. A nosotros nos dejan acá, para cuando ustedes vuelvan. A no ser que en medio de tanta cosa nueva, se olviden de los abuelos. Como están las cosas hoy en día, ¿no vieron? ¡Hoy, casi se olvidan que tenían que venir a festejar la Nochebuena!
Juanita: —¡Pero, mami! ¡Qué cosas decís! ¡Cómo nos vamos a olvidar! (También se acercan las chicas, en actitud de consuelo)
Pablo: —Créame, doña Prudencia, es imposible olvidarse. En todo caso, seguro que, a la hora de comer, recuperaríamos la memoria. Usted está enojada porque le llegamos tarde, pero es por culpa del tránsito. Estábamos tan atorados, que hubiera sido preferible venir caminando. Cada día, el Centro está más lleno de autos; si no, en media horita habríamos llegado.
JUANITA.: —Es cierto, mami, nosotros salimos con tiempo, pero el tránsito… ¿Te pensás que no vamos a tener ganas de venir temprano?
Chica 1: —¡Sí, abu! También pasamos por lo de la tía Otilia. ¡Decíle, mami, a la abuela! Sino va a pensar que no querías venir.
Silverio: (A Pablo) —A propósito, Pablo, ¿consiguió las gomas nuevas para el auto y el repuesto para la chata?
Pablo: —Sí. La verdad que fue más rápido de lo que imaginaba. Un buen contacto en la aduana, eso es todo. Usted sabe, hoy por hoy, donde no llega un militar no llega nadie. (Ríe)
Juanita: (Comedida) —Por suerte, papi, ahora está más tranquilo. Imagínate, casi sin auto y con un solo camión. (Entusiasmada) —¿Qué les parece si después de las doce, nos lleva a todos a dar una vuelta por el centro? ¿Sí?
Pablo: —Está bien, me parece perfecto. Y el domingo los invitamos a todos a dar un paseo por Palermo, ¿listo?
Chicos todos: (Tumulto) —Dale; sí, papi; sí, tíos. ¡¿Dale, sí; dale que sí?!
Silverio: —¡Qué tiempos éstos! Como sigamos así, con tanto auto, no va a haber lugar para la gente. Pensar que hace unos años, lo que se veía en la calle eran casi todos carros y mateos. ¿Quién pensaba en tener auto? A pesar de que ya se los veía. Pero, bueno, (A Pablo) —que lo disfruten hijo, que lo disfruten, que bien merecido lo tienen.
Chica 1: (Lo abraza) —Gracias, abuelito, pero más lo vamos a disfrutar, si vienen el domingo con nosotros de paseo a Palermo.
CHICA 2: —Sí, así después nos llevás a tomar el té con masas. ¿No, papi?
Chica 2: —Sí, abue, ¿por qué no vienen con nosotros?
Prudencia: —¡Vamos a ver, hijitas, vamos a ver! Hay tiempo, de aquí al domingo, hay tiempo. (Rocío trae la otra fuente que está sobre la mesa de la cocina) (Prudencia le dice a Rocío) —Agrégale los huevos duros cortaditos que están en la heladera. No te olvides de cerrarla bien, que si no nos vamos a quedar sin hielo.
Silverio: (Alentador) —Y usted, Alfredo, se me ha quedado callado. Cuando menos se lo imagine, aparece también en auto.
Alfredo: —Yo no creo. Nosotros no lo necesitamos, viviendo acá. Usted sabe, en verdad, con el colectivo, el tranvía y el subterráneo, se llega siempre más que bien a todas partes. Tampoco es que salgamos tanto que digamos; excepto acá y a lo de mi mamá.
Pablo: —Por ese lado, Alfredo tiene razón. (A Silverio) —Acá en el centro, cada día se pone más complicado moverse en auto, es un verdadero problema. Todavía hay tanto carro, carrito y “la mar en coche”. En el abasto, ni les cuento, son un peligro. Ya les digo, para el que anda en coche, a ciertas horas, hay calles por donde, apenas, se puede avanzar. Igualmente, estoy pensando que ni bien se pueda, cuando se abra la importación, voy a renovar las dos chatas. Y para mí quiero un auto más moderno, más grande: un Studebaker, algo a la altura de los tiempos. Vamos a ver.
Juanita: ¡Ay, sí! No veo la hora, así éste me queda a mí, para andar por acá. No voy a ser la primera mujer que anda manejando su auto por Corrientes. (A Pablo) —Sino, mirá la mujer del Dr. Ovejeros.
Prudencia: —Ni la primera ni la última, ¡ni loca! Y usted, Pablo, ¡no se le va a ocurrir dejarla! (A Juanita) —Decíme, vos qué querés, ¿matarte en una esquina?, ¿no escuchaste a tu marido? ¡Qué esperanza! ¡Ni se les ocurra! (Entran Coqui y los chicos, con los encargues de la cocina).
Coqui: —¿Qué pasa, qué pasa? Me pareció haber escuchado que no saben qué hacer con el coche. (Mira a Pablo) —Yo ya tengo la solución, así no se pelean. Me lo prestan a mí y se acabó el problema. (Mira por la ventana) —¡Uy! Ya no queda ni un alma en la calle.
Silverio: (Sonríe a Prudencia) —¡Míralo a tu hijo, lo único que faltaba!
Chico 2: (Agitado, a la madre) —Éramos los únicos por la calle, casi. Me dio un poco de “cuiqui”.
Chico 1: —A mí, no. Yo no tengo miedo. (Al tío) —¿Tío Pablo se lo va a prestar al tío Coqui? Aunque sea una vez, ¡déle tío! (Miradas cómplices entre los tres)
Prudencia: —Pero, ¡qué tanto auto, ni tanto auto! ¡Todavía tienen que aprender a tender los calzones, por no decir otra cosa! A ver, traigan esas cosas para acá, que me las van a aplastar. (Ubica los paquetes) Y esto no se toca, hasta después de las doce. Es una sorpresa. —¡Ustedes, a lavarse las manos! (A las chicas) —Niñas, ustedes a ayudar con las copas y los cubiertos. —Juanita y Rocío, porque no vamos sirviendo la entrada, así ya la tenemos lista, que no se les desarme el arrollado. —¡Ah, Pablo!, por favor, las sillas que faltan, de la cocina. —Coqui, ¿lo ayudás a Pablo?
—Vos, viejo, ¿te alcanzo algo? (Don Silverio dice que no, gestualmente) ¿No te vas a poner la camisa nueva? (Silverio, cordial, dice que no).
Pablo: —Doña Prudencia, no tan rápido, tranquila. ¡Qué no dan las doce antes de tiempo! (Cantable) Apenas han dado las nueve, ¡y serena! ¿Por qué tanto apuro?
Prudencia: —Falta que diga: “¡Viva la Santa Federación!”. Miren al Don Federal, más vale que se apure con esas sillas; porque para antes del brindis, Coqui nos tiene preparada una sorpresa en el piano. ¿No es cierto, Coqui? Contáles.
Silverio: —Yo ya lo sé, y ya tengo ganas de escuchar.
Coqui: —Para no dejarlos con ganas, les puedo adelantar que se trata de: (pausa) Bloch. (Gracioso y grandilocuente) Nada menos que de Ernest Bloch. (Nadie dice nada). “Rapsodias Hebraicas”. (Sigue la expectativa). Me imaginaba que no lo conocerían. (Gestos de sorpresa y desconcierto ante lo desconocido del nombre).
Pablo: (Jocoso) —Pero, Coqui, ¿juderías en Nochebuena? ¡Con ese título!
Coqui: (Didáctico y cordial) —Nada de eso. Música, Pablo, buena música. (Con graciosa ironía) O ¿es que vos tenés pensado ir a la Misa de Gallo? (Risas) Además, el que selecciona es el que sabe: este humilde servidor.
Pablo: (Con cierta molestia) —Bueno, pero de todos modos, es música hebrea. ¿No decís que así se llaman esas sonatas?
Coqui: —Rapsodias, Pablo, son Rapsodias.
Pablo: —Como sea; pero el autor, seguro, es judío. Y, por supuesto, que no voy a la misa de ningún Gallo. Tampoco es que tenga nada en particular con tu buen gusto y saber. Yo digo, nomás, ¿no pegaría mejor para la ocasión, un Ave María o unos Villancicos Navideños?
Alfredo: (Discretamente molesto) —Faltaría, ahora, que alguno de nosotros se disfrace de Santa Claus y entre por la chimenea cargado de regalitos.
PRUDENCIA: —¡Pero, parece mentira! ¿Van a polemizar también por la música? Seamos agradecidos con lo que preparó Coqui.
ALFREDO: (Ahora conciliador) —Está bien, para cerrar la polémica, aclaremos antes de que oscurezca. (Mesurado, didáctico, cordial) Digamos que se trata de música moderna, apta para cualquier ocasión, de un autor judío, norteamericano, contemporáneo. (A Coqui, elogioso) —“Maestro Caqui”, hay que ver qué cosas ya está tocando el muy pícaro. Te felicito, dentro de poco: “al Colón”. (Más intimista con Coqui). —Aunque te confieso que a mí también me sorprende, porque es muy poco conocida. Yo escuché algo por radio SODRE de Montevideo, y te confieso que me gustó mucho.
Coqui: —Bueno, parece que ya tengo aliados. (A Pablo, que ha quedado algo herido, no enojado) —Pablo, yo sé que a vos te gusta el tango; pero estoy seguro de que esto te va a gustar. Después hago unos tanguitos para vos, ¿sí?
PABLO: —Siendo así, bueno, me convenciste cuñadito. Pero, el Ave María, eso no me lo podés negar.
Silverio: (Pensativo, reflexivo) —Una Noche de Paz, en guerra y con un judío exiliado en casa, no está mal para empezar la fiesta. ¡Claro que es una sorpresa, la de Coqui!
Prudencia: (Procurando distraer a su marido, con aire de maestro de ceremonia) —“Con exilio o sin exilio”, hoy, en exclusividad, para el barrio de Balvanera, (ríen) esta hermosa familia va a tener el inmenso placer de escuchar a su eximio y exclusivo concertista privado, interpretando al gran maestro, ¿cómo es que se llamaba? ¡Ah, sí!, don Ernesto Bloch. (Aplauden y ríen. Ellas salen, quedan los hombres solos)
Silverio: (Sonríe pensativo, se acerca su mujer y, por lo bajo, le dice) —¡Ay, mi querida Prudencia!, ¿qué sería de esta familia, sin “tanta Prudencia”?.
PRUDENCIA: —Y ¿qué sería, de “tanta Prudencia”, sin esta familia? ¿Sabés una cosa?, me empieza a cansar tanta prudencia. (Le acaricia la cara y sale).
Pablo: (Se ha quedado algo incómodo, le disgusta no tener la última palabra) —Don Silverio, disculpe que vuelva sobre el tema; pero ya que estamos hablando, ¿usted no cree que todos esos rumores sobre el trato a los judíos en Europa, son cosas que ellos mismos promueven en su beneficio, por sus propios intereses? Después de todo, no vamos a negar que ellos siempre han tenido problemas en todas partes donde han ido, hasta en Norteamérica. ¡Y mire que allí están muy bien! Yo no tengo nada en particular contra nadie; pero, no sé, algo debe de pasar, algo harán para que se pongan las cosas en contra. Francamente, no se sabe qué pensar.
Silverio: —Pablo, eso no. Yo creo que no se puede no saber qué pensar. Hay versiones en cuanto al trato que suenan terribles y, si el asunto fuera como usted dice, por lo que “harán”; bueno, pues que se diga, que se sepa, que se dé opción a la defensa.
Alfredo: (Con cierta ironía) —Parece que ellos, de lo que les pasa, no opinan. (A Pablo) —Lo que se sabe por la prensa no oficial, es que se los persigue y se los somete a todo tipo de vejámenes. Esto es realmente muy grave, y creéme Pablo, yo pienso, que lo que está pasando con ellos, podría estar preparando el terreno para cosas monstruosas en el futuro. Y lo que es peor, al amparo de la ley imperante del silencio. ¡Ojalá que me equivoque!
Silverio: —Ojalá, pero, justamente, por eso no hay que callarse. El silencio es la mayor trampa para el futuro.
Pablo: (Calma doctoral) —Señores, no hay que ser tan fatalistas. Puede que, en parte, haya algo de cierto en todo eso, pero no vamos a creer que se está preparando el fin del mundo. (Trata de ser agradable). Si el tratado de Versalles no hubiese sido tan lapidario con los alemanes, porque prácticamente se los borró del mapa con ese tratado, es posible que las cosas habrían sido distintas. Es un principio de acción y reacción. Pero, bueno, “siempre que llovió, paró”. No hay que magnificar, porque seguramente no será para tanto; además, yo soy un convencido de que las cosas pasan porque tienen que pasar. Discúlpenme, pero ustedes saben que yo no comparto sus ideas. Lo digo con el debido respeto, don Silverio. (Ya con serenidad, mira a Alfredo, minimizando lo dicho) —Alfredo, yo te entiendo, pero las cosas son como son y guerras hubo en todas partes y en todas las épocas, no es nada nuevo; además, si vamos a la historia, los grandes avances vinieron siempre después de las guerras. No quiero decir que esté ni bien ni mal, ¡de ninguna manera! Pero, así parece ser.
Prudencia: (Entra con fuentes) —¿Otra vez polémica en el mostrador? ¡Ah, no! Creo que, por hoy, es suficiente.
Rocío: (Entra charlando con su hermano Coqui) —Si algún productor te escuchara esta noche, estoy segura de que te contrataría. ¿Saben una cosa? Coqui me adelantó unos acordes con sordina. Es una melodía preciosa.
Silverio: —Así no vale. ¡Qué!, ¿tiene coronita tu hermana? (A Rocío) —En cuanto a eso de contratarlo, después de escucharlo, no te preocupes, Rocío, que si esta noche no pasa, mañana tu madre lo lleva al Colón. ¡Y a ver quién le dice que no! (Ríen, Coqui frunce el seño) —Es una broma hijo. Esta noche, “la consagración” y, mañana por decisión unánime, “al Colón”. (Todos cantan: “al Colón, al Colón”). (Ríen, festejan).
Coqui: —Entonces, como premio, también hay tango y valsecitos para la vieja. (La abraza).
Prudencia: —Bueno, bueno, ¿otra vez nos vamos olvidando de la hora? Les recuerdo que esta noche es Nochebuena y…
Silverio: —Y, mañana, es Navidad.
Prudencia: (Mira la hora, gran alboroto) —A ver, a ver, Juanita. —Rocío esas fuentes que faltan. —Chicos, chicas, todos a la mesa (hace palmas), que ya es hora de empezar. Hoy tenemos una cantidad de cosas ricas y un agregado sorpresa para el postre, toda una novedad. —Pablo, el vino; Alfredo, el sifón. —Chicas, vamos ¿Juani cerraste bien la heladera? (Con entusiasmo por ubicarse en la mesa, nadie repara por un momento, que Silverio se agarra el pecho con las manos y va cayendo lentamente sobre la silla, hasta que una de las chicas lo nota).
Chica 2: (Creyéndolo que se trata de una broma) —¡Abuelo, abuelo! ¡Mami, abuela!, ¡el abuelo!
Prudencia: (Agitación) —¡Viejo, viejo, qué te pasa! ¡¡No, por favor, viejo, no!! —¡Chicas, corran, papá está mal! —¡¡Pablo, Juanita, vayan a buscar a Corral!
—¡Alfredo, Rocío, hija, hagan algo! (Desconsolada) —Viejo, viejo... (Telón)

ACTO SEGUNDO

Madre consuelo: «Morir en vida no es muerte»

Escena 1

Doña Consuelo es una viuda de mediana edad. Vive con sus dos hijos: Alfredo, de 30 y Delia, de 27. Hace cuatro años, desapareció su hijo menor y, luego, falleció su marido. La escena transcurre una noche de sábado, en el Buenos Aires de fines de los años 70. Vemos a doña Consuelo desocupar la mesa del comedor y comenzar a ordenar algunas cosas para comer. Delia entra de la calle, con alguna mercadería, que dejará apoyada sobre la mesa.
Delia: —Mami, ¿a qué no sabés quién está internado? El papá de Juani, parece que anoche estaban cenando en familia, festejaban el cumpleaños de la mamá y, repentinamente, él se descompuso y lo tuvieron que internar. Parece que fue un ataque al corazón. Sigue muy delicado.
Consuelo: —¡No, no lo puedo creer!, con lo saludable que se lo veía. ¡Pobre hombre! Me imagino cómo debe de estar la mujer.
Delia: (Se dispone a planchar una pollera, sobre una parte de la mesa. Silencio). —¡Ay, mami, mirá, ¡no! Otra vez esta plancha. ¡Fijáte cómo me marcó el ruedo de la pollera nueva. ¡No, no! ¿Y, ahora, qué me pongo? Vas a ver, ¡eh! El día menos pensado te la tiro a la basura.
Consuelo: —¡Epa, momentito! Vos no vas a tirar nada. Las cosas, antes que nada, hay que aprender a usarlas; y, si no se sabe, se aprende. Yo ya hace treinta años que uso esta plancha y nunca tuve ningún problema. ¿A ver? (Se acerca) Pero si no es más que un roce. Con un poco de agua helada, sale. Te lo dije mil veces, tenés que tener el cuidado de desenchufarla unos minutos, a cada ratito. Lo que pasa es que calienta bien, eso es todo. La compramos con tu padre para cuando nos casamos. Yo jamás tuve ningún problema, y mirá que tu padre era bien quisquilloso con la ropa; él quería todo como de tintorería, aunque fuera el mameluco.
Delia: —Bueno, está bien. Dame que yo sigo. (Breve pausa) Mami, esta camisa de Alfredo, ¿te la plancho? Aunque para vos sea una maravilla, igualmente yo ya pensé, que para Navidad, te voy a regalar una más moderna, automática. Igual a ésta la podés seguir usando. Bueno, cuando se descomponga la nueva, por supuesto.
Consuelo: —Sí, claro; eso es seguro. Porque ésa no aguantará lo que aguantó ésta. (Con picardía, como quien no quiere la cosa) Nena, me pareció oír antenoche, que estaban hablando de boda con Javier. Entonces, ¿ya tienen fecha?
Delia: —Hablar, siempre se habla de eso. Pero todavía no hay fecha. No bien se reciba, ponemos fecha. Su papá le dijo que, si queríamos, podíamos ir arreglando la casita del fondo de la casa, que era de la abuela, como para arrancar.
Consuelo: —Y vos, ¿qué pensás de eso? Aunque a mí me parece que…
DELIA: —Que está bien. Total, una vez que Javier consiga un buen trabajo, más con lo mío, aunque no sea mucho, algo es algo. Quiero decir, no nos vamos a quedar allí para siempre. Además, yo pienso que no es necesario tener todo listo para casarse. Igualmente, vamos de a poco, como decía papá. Todo junto no se puede.
Consuelo: —¡Ah, bueno! Entonces, todavía les falta bastante, yo pensé que… Lo importante es que Javi se reciba. El año pasado era para este año que él terminaba, y ahora parece que no…
Delia: —Bueno, mami, no es fácil. Veterinaria es una carrera, que ya de por sí, es complicada. Él estudia, estudia; lo que pasa, es que no tuvo suerte con algunas materias; pero ahora, con las que le quedan… (Entra Alfredo y molesta a Delia. ¡Mirálo, mami, decíle que la termine! —Alfredo no seas hincha, querés. Parecés un chico tonto. ¡Este chico!
Alfredo: —¿Qué pasa con el veterinario? ¿Se le ha extraviado una vaca? Claro, por eso ahora no se casa hasta que no aparezca la vaca.
Delia: —Mami, decíle que la termine. (A Alfredo) —Más vale que no digas nada. Mirá vos, con treinta, y no se te conoce novia, ni apuro. Así que mejor no digas ni una palabra al respecto. Chito.
Alfredo: —Ni falta que me hace. Si elijo a una, pierdo tres. No es negocio, hermanita. ¿No te parece?
Consuelo: —Él está bien así. Por ahora, no le hace falta nada. Tiene tiempo de sobra para pensar en eso.
Delia: (Irónica) —¡Ah sí, qué bien! Javier, con veintiséis, “más vale que se apure”; pero este “mamerto”, con treinta, tiene todo el tiempo del mundo. ¡Será para vestir santitas! Y, también, no es para menos, con semejante “madrecita” de hijos varones que le tocó al tonto. (Silencio)
Consuelo: —Sí, dos. He criado dos varones.
Delia: —Disculpá, mami.
Alfredo: —¿No ves que estamos bromeando, vieja?
Delia: (A Consuelo) —Es que me parece que lo consentís demasiado, y… ¡ufa, mami!, no quise herirte. Sabés muy bien que lo de Coqui nos duele a los tres, todos los días.
Consuelo: —Lo sé, hija, lo sé. Sólo que, bueno, no sé…
Alfredo: (Motivador) —¿A ver, Consuelito? Dale, vamos. A ver, ¿qué le preparaste de rico a este hambriento malcriado? Mirá que es mucha la energía que necesito allá fuera. Esta noche tengo que gritar los goles que les vamos a hacer a esas gallinas. ¡Vamos, vieja!, que hoy juega River en la Bombonera, y estamos todos, la oficina entera. Una cita de honor, con intereses divididos. Eso sí, sólo en la cancha. En la cancha, únicamente; afuera, somos todos amigos.
Delia: —¡Otra vez, no, che! Entonces, ¿hoy, mami se queda sola de nuevo? ¡Ah, no, querido! Quedamos que vos, hoy, no salías. Un sábado cada uno era el trato, ¿te acordás? Así no vale.
Alfredo: —Hermanita, ésta no es una salida, es un compromiso de honor. Una batalla y una fiesta. Cuando jugamos contra las gallinas, no festejamos el triunfo, festejamos la derrota, ¡la derrota! Y todos juntos. Me parece que vos todavía no captaste la esencia del “fulbo”. El “fulbo” es… una devoción. Y Boca, cómo decirte, es la Catedral de esa devoción. ¡Qué digo! Boca es el milagro encarnado. ¿Se entiende?
Delia: (Irónica) —¿Ah, sí? Muy bien, devoción, catedral, compromiso de honor; no me suena nada lindo lo tuyo, hermano. Mejor andá enterándote de que hoy, mami no se va a quedar sola y no, precisamente, voy ser yo la que se quede a hacerle compañía. ¡Alfredo! Hoy, yo te dije clarito que…
Alfredo: (Buscando, infantilmente la aprobación, se para frente a ella y le pone una mano en el hombro) —Que todo por el “fulbo”, eso dijiste. ¡Así se hace, hermanita! (Le da un beso amistoso, y se aparta)
Delia: —Mami, decíle algo a este chico, ¿no ves que le falla algo?
Consuelo: —¡Ustedes hagan lo que tengan que hacer! Vos, Deli, no se te ocurra pensar en quedarte en casa. Lo mismo que vos Alfredo; ¡vía, vía! Hoy, quiero estar tranquila, aunque no lo crean. Eso de tenerlos todas las noches acá metidos, me cansa. Sí, aunque no lo crean. Así que ¡a volar!, al menos una noche me va a venir muy bien, ¿no les parece?
Delia: —No, la verdad que no; realmente, no me parece. Después de todo lo que vos hacés por nosotros. No me parece justo.
Consuelo: —Pero, ¿de qué tienen miedo? Si no hay nada qué temer. Me gusta estar sola.
Alfredo: —Entonces, ¿por qué cada vez que llego tarde, siempre te encuentro despierta, esperando?
Consuelo: —Eso es porque no tengo sueño. O ¿qué pensabas?
Delia: —Mami, ya te dije, es el cumpleaños de la madre de Javier. ¿Por qué no venís conmigo? ¡Mirá que estás invitada! Te lo dije y también te lo dijo Javier.
Consuelo: —Sí, lo sé. Ellos son muy atentos. Igual, ya le alcancé el regalito el otro día. Una pavada, pero quedó “chocha”.
Delia: —Sí, me contó. Pero no me cambies de tema, no se trata de eso. Es que salir te cuesta un montón. ¡No salís nunca, mamá!
Consuelo: —Pero, no hay caso, ¡eh! Esta chica no entiende, parece sorda. Acabo de decirte que quiero un poco de tranquilidad. Estar solita. Yo, con mis cosas y en mi casa, estoy más que acompañada y, a mi manera, me distraigo. O, ¿qué piensan que soy tonta?, ¿qué no puedo arreglarme sola? ¡Se acabó! No se discute más. Vos, Alfredo, cuídate y no te separes del grupo. Y me despertás no bien llegues. Y vos Delia, hija, no quiero que vuelvas sola a esas horas de la noche, así que te quedás en lo de tus suegros, pero me llamás a última hora, y me contás cómo estuvo el cumple. Yo, por ustedes, para que se queden tranquilos. ¡Ah!, y mañana me traés un pedacito de torta, si queda. (Risas y miradas de los hijos)
Alfredo: —Mami, yo no pensaba volver a casa. Me voy a lo de un chico amigo: el pelado. Me queda más cerca y, mañana al mediodía, estoy aquí para los ravioles ¿sí?
Delia: —¿El pelado?, ¿chico, ése? ¡Ese chico no será gallina; pero, igualmente, no se cocina de un hervor, hermanito!
Alfredo: (Irónico) —¿Mirá, vos? Siempre te gustó el pelado, y más vale que te fijes en la gallina que tenés al lado. No creas que es tan pollo que digamos. Decíle que mejor que encuentre a su vaca de una buena vez. No sea cosa que se reciba de veterinario, justo el día en que le sale la jubilación como estudiante.
Delia: (Se señala) —Lo que buscaba, ya lo encontró, querido. ¡Y bien en línea! (Se señala) ¿Pero, vos que tenés que hablar de tu cuñado? Porque andá haciéndote a la idea, de que en breve, vas a tener que presentarlo a tus amiguitos como: “mi cuñado”. Vos mucho “bla, bla”; pero, decíme, vos, ¿para cuándo? (A la madre, hace gestos) —Para mí, que tu hijo es un poco “rarito”; porque novia, lo que se dice novia, nunca. (Risas).
ALFREDO: —No me jodas, nena. Mirá que…
Consuelo: —¡Chicos, chicos! Que ya me estoy sintiendo como en un gallinero con tanta gallina y tanta bosta. Pero, ¿ustedes no saben hacer otra cosa, más que discutir y discutir? ¿Cuándo van a crecer, cuándo? (Mientras, en un costado de la mesa, le sirve la comida a Alfredo, que come a medio vestir. Consuelo entra y sale a intervalos).
Alfredo: (Se queda pensando un rato y toma aire, serio) —Ya ves, “a palabras necias de muchachita despechada, oídos sordos de hombre sereno”. (Se sienta a la mesa) A ver, quién me va a preparar estas milanesas, ¡no, hermanita! (Pausa). —Yo prefiero, por ahora, estar así. No quiero tener que pasar por lo mismo. Con lo de Coqui y el viejo, me basta. Te casás, armás algo, tenés hijos, te encariñás y, al final, como están las cosas, ¿quién te asegura qué?
Delia: (Cordial y sentida) —En este país, todos corremos el riesgo. Cada día, lloramos y rabiamos por lo que se pierde, y por lo que te quitan. Sólo que se trata de otra cosa. Igualmente, tenés que seguir. Es preciso seguir. Ahora, ¿qué vas a ser?, ¿un solterón empedernido toda tu vida? (Recupera el ánimo) —Mirá que, después, yo no pienso darle asilo en mi casa a un hermano solterón, ¡qué esperanza!
Alfredo: —Rabiar, llorar y seguir. Sí, de hecho, es lo que hacemos; pero, sin lágrimas. Hace rato que esta tierra se está llorando todo, Delu. Todo, ¿no te das cuenta?
Consuelo: (Entra con café) —Se llora. ¡Sí, que se llora! Y lo peor es que no hay consuelo. Lloras por lo que se pierde, por lo que te roban, por lo que te arrebatan y te matan. Y, como si fuera poco, también, por lo que no podés. Parece que, por ahora, no se puede hacer otra cosa más que llorar y seguir llorando; pero, nunca llega a ser suficiente. Sí, es cierto. Hasta ahora, sólo he podido llorar. Parece que no supiese hacer otra cosa. Si, al menos, pudiera salir a la calle y gritar a toda voz este dolor. Debe de haber tantas como yo.
Alfredo: —¿De qué te serviría, vieja?
Delia: —¿Cómo que de qué me serviría? El grito de muchas no es el mismo que el de una sola. Yo también puedo gritar.
Consuelo: —Quizá los que vienen. Yo estoy muy cansada, para pensar en otra cosa que no sea… tengo tanto miedo… por lo pasado, por los tiempos que vendrán. Me pregunto, cuál será el precio de lo que les tocará vivir a ustedes.
Delia: —Mami, no digas así. No hay por qué pensar en seguir pagando nada, y menos con el dolor y el sufrimiento. Porque, entonces, estás pagando con la vida. No, no hay cambio que pueda costarnos tanto. ¿Te parece poco, todo lo que se ha pagado? Hay que madurar el grito, para cuando se deba; pero, sin morir. Así, no.
Consuelo: —Tenés razón, hija, tenés razón. Me hace bien, me da coraje escucharte. Seguro que ustedes y los hijos de ustedes tendrán otra vida. Mejor, más plena, más segura. Siempre ha sido así, como el tiempo. A las tormentas les sigue el buen tiempo, y al buen tiempo, la tormenta. Pareciera ser que las cosas de este mundo se producen por ciclos. Pero, lo que no hay que malograr de la vida es la convicción. Y la esperanza. (Pausa)
Delia: —Entiendo, mamá; pero, no estoy de acuerdo con resignarse a los hechos, tal como se presentan. Los males de la sociedad no son tan tolerables como los de la naturaleza. Creo que no, mami. “Felicidad” debería ser el sinónimo más cercano a “vida”. ¿Quién habrá pensado tan mal las cosas, con tanto error? Porque la naturaleza misma de las cosas nos da un mensaje muy distinto. Pero, a la naturaleza de las cosas, nadie la escucha. Yo no entiendo, nunca voy a entenderlo.
Alfredo: (Se acerca a Delia y la toma del hombro) —Delu, a las cosas no las piensa nadie en particular. El poder y los intereses ni piensan ni se sujetan a las leyes. El poder está muy por fuera de la naturaleza de las cosas. Pero, tiene sus cómplices. (Pausa) —¿Sabés lo que creo? Que los que vendrán después, van a nacer con el alma quebrada y con las uñas de acero. ¡Cómo bayonetas! Parece una barbaridad lo que estoy diciendo. Las armas son la siniestra, última razón de quienes las empuñan. (Recomponiendo el clima grato del principio). Igualmente, ustedes, señoras mías, piensan demasiado, y no está mal que así sea. (Haciéndose el gallego) “Eso tiene ser mujer”, como dice la madre Bernarda de Lorca. Madre Consuelo, como ya lo dije más de una vez, no bien se pueda, nos vamos derechito a Barcelona, a la tierra del abuelo. Nos vamos a lo de doña “Madre Patria”. Ella todavía nos debe una invasión, y casi seguro, que debe de estar esperando como una abuela amorosa a sus nietos; con la mesa tendida, repleta de delicias para reparar los daños. No precisamente por tan buena, sino más bien por la culpa.
Consuelo: —¡Che, nene, no hablés mal de la “Madre Patria”! A ver si todavía, a ver si todavía. ¡Ah!, ya no sé ni lo que iba a decir. A veces, hijo, prefiero que hables del fútbol y esas cosas. (Pausa) —¡Mirá que irse a vivir a España!
Alfredo: —Me pasa que a pesar de lo que digo, (payasea) yo me siento todo un galleguito.
Consuelo: —Andá, salí de acá, indio mataco. Así te decía tu padre: “mataco”. (Con mucha ternura) “¡Mirá qué negro fiero nos salió éste”, eso decía el pobre viejo.
Delia: —El abuelo era madrileño. Madrid, seguro que debe venir de madre.
Alfredo: —¡Mirá la etimologista! ¿No ves?, ¿no ves que es una salame? ¡Mirá lo que va a preguntar! Menos mal que no está su prometido. A ver si, en una de ésas, se desilusiona, y nos deja el clavo en casa. Nena, Madrid viene de “Matriz”, y ese nombre se lo pusieron los moros. Bien que a ellos, también, la “matriz” patria les debe lo suyo. Bueno, está bien, nena, para que no llores más; creo que quiere decir lo mismo y como toda buena madre le debe siempre algo a su hijo; yo creo, Consuelito, que me estás debiendo a mí, el postre. ¿No, qué sí? (Consuelo le trae postre; él, atento). ¡Mami! ¿Vos no pensás comer?
Consuelo: —Vos comé tranquilo; que yo, después cuando ustedes se vayan, me doy una duchita y, mientras me tomo mi vermucito, me preparo algo rico, pongo la tele y, tirada en el sofá como una reina, me relajo, ¡qué buena falta me hace!
Delia: —Mami, ¿en serio, no querés que me quede con vos? Mirá que la mamá de Javier lo va a entender. O, si querés, me vengo temprano.
Consuelo: —¿Pero vos sos sordita, también? Te lo acabo de decir, ustedes se van, y yo voy a quedarme viendo la tele, que los sábados dan buenas películas. Así, descanso un poco de los dos. (Enciende la tele. Breve pausa). Eso sí, espero que me llamen, no bien puedan. (Apurando) —Delu, ¿qué esperás para terminar de vestirte? ¡Terminá, de una buena vez! Mirá que en cualquier momento te pasa a buscar tu novio. ¡Hijos! Se les va a hacer tarde, y yo voy a perder la peli. (Apagón)
Consuelo se halla sola en la sala. Viste una salida de baño de hombre. Un pañuelo blanco le sujeta el cabello. Se sirve una copa, apaga la tele, y pone un disco de música ciudadana en el Winco: “Adiós Nonnino”, de Piazzola. Sutilmente, sigue con el gesto algunos pasajes. Mira unas fotos sobre un mueble, pasea placentera, sentida, baja el volumen del aparato. Y dice, mirando las fotos:

ESCENA 2

—¡Mi papá, mi viejito! Parece mentira que me hayan pasado tantas cosas. (Deja la foto del padre) ¡Lo recuerdo como si fuese hoy! Solía jugar a la “escoba de quince”, en la galería de la casa, con don Sixto, su vecino-amigo. Todos los domingos a la tarde. También recuerdo como si fuera hoy algo que solía repetir don Sixto, que no se me borró mas: “Los males de la naturaleza nos hacen cuidar la Vida; los males de la sociedad, nos hacen desear la Muerte”. (Breve pausa) Con el tiempo, fui entendiendo aquello que escuché de chica.
(Toma otra foto) —¡Pobre esposo mío! ¡Qué mal! ¡Qué sola me dejaste! Y, sin embargo, si supieras cuánto te envidié aquella tarde, cuando te vi tirado en el piso del comedor. No te escuché soltar ni un solo quejido. Ni un solo ruido. Muerto, ¡ah! Y pensar que, mientras vos morías, yo te preparaba el mate. ¡Qué ironía! Juro que pasaré mis últimos años, espero que sean breves, de este modo; así, recordándolos siempre en soledad. Terrible tiempo de soledad. (Escucha el silencio, se mece y camina) —¿No es hermoso, hijos míos? (Camina por el cuarto, como dando la mano a niños invisibles) Así, caminábamos juntos por la calle, a la tardecita. O por el parque, oliendo la tierra, tirándonos en el pasto. Sí, como cuando yo era chica, y lo hacíamos con mi madre. ¡Hace tanto tiempo! (Pausa)
A eso de las dos, llegaba Coqui del Conservatorio, se encerraba en su pieza y meta con el piano y el estudio. “Mami, cuando me reciba”, solía decirme. Y que esto y que lo otro. Él era un jardín en primavera, tan cuidado, tan lleno de vida, tan pleno de proyectos, de música y de palabras. (Danza) Y la casa es ya, todo música, la casa es todo piano. (Seria) Todo recuerdo. (Danza unos pasos más. Se sirve otro poco de vermouth).
A eso de las seis, llegaba Alfredo. Cuánto orgullo, cuánta confianza había en ese padre por esos hijos, cuánto. Pero ¡cuánto padre había! Se sentaba conmigo, en la cocina, a tomar mate y a charlar. Al cuchicheo, claro, para no interrumpir al hijo. “¡Shh!, más bajo, que el chico estudia”, yo le decía. “Y a vos, ¿cómo te fue hoy? ¿Y Delu, a qué hora viene?” Preguntaba, aunque bien sabía que ella llegaba una hora después que él. Y que Alfredo no llegaba hasta la noche. (Pausa).
Después que se llevaron al Coqui, cuando logramos que el comisario nos escuchara, nos dijo: “Ustedes tendrían que haber estado más atentos a las compañías de su hijo, y más en estos tiempos, señora”. ¿Más atentos? ¿Qué tiempos son estos, en que los chicos desaparecen por una cuestión de compañía? ¡Más atentos! “Mire, Señor, le dije. Yo no conozco un padre más atento de los hijos que éste”.
Usted se equivoca. “Un padre no tiene que estar atento a las compañías, sólo tiene que conocer bien a sus hijos, eso es todo”. ¡Qué iban a entender esas bestias! Yo bien sabía que él, sólo estaba recitando un versito y nada más. El mismo verso conmigo, con ésta, con aquélla y con la otra. ¿Qué se yo, cuántas veces, el mismo verso?
Las compañías. Más que por las compañías de mi hijo, de lo que hay que cuidarse es de las “Compañías del Ejército”, que hacen desaparecer hijos de diecinueve años. A esa edad, vos lo podés aconsejar; pero, ¿atarlo a la pata de la mesa?, ¿tenerlo bajo las polleras? ¡Qué esperanza! ¡Así no se puede! (Breve pausa).
Recuerdo cuando Coqui vino con la novedad de que había sido elegido por sus compañeros, para formar parte del centro de estudiantes. A mí y al padre no nos gustó la idea. Somos cagones, e intuimos que era un riesgo, porque sabíamos que las cosas no andaban nada bien. Pero no sabíamos cuánto. ¿Qué nos íbamos a imaginar? Fui yo quien más se opuso y, como el padre siempre tuvo la última palabra; finalmente, dijo: “Déjalo, Consuelo. Tiene que aprender a resolver por sí mismo y con sus pares, los problemas del lugar donde está. Y hoy está allí. Ése es su lugar. Ya no es un chiquilín”. (Pensando en voz alta).
¡Un centro de estudiantes! (Casi gritando, con impotencia). ¡¡Pero, si es sólo un Centro de Estudiantes. (Grito de dolor) ¡¡¡Qué les pasa?!!! (Sollozando, y ahora más calma). ¡Cuánta, pero cuanta culpa, sintió ese padre, cuando hicieron desaparecer a ese hijo! (Pausa) “¿No te parece hermoso, Consuelo? Tres hijos que valen lo que pesan y, para remate, el más chico, el benjamín, nos salió artista y discutidor”. Desde chiquito que discutía todo…
”Si el Centro de Estudiantes es su lugar, allí tiene que estar”, me decía el viejo. “Yo, a su edad, sabía sólo del trabajo en el taller del viejo, de la mañana a la noche, y nada más. Para quedado, ya es suficiente conmigo”. Y se reía. (Pausa).
(Al retrato del marido) —¡Sos un comprador y un salamero. De verdad, siempre me convenciste como quisiste! (Deja el retrato).
Y el chico tuvo el permiso. Permiso para “esas compañías”. (Pausa)
No, ni él, ni su dolor resistieron la ausencia.
Y se dejó morir; porque, viejo, vos te dejaste morir.
Yo no. Yo, en cambio, acá estoy. No entera; pero, de pie.
Me pregunto si un hijo vivo debe ser a cualquier precio: ¡No!
Yo también. Prefiero ser la madre de uno de los desaparecidos, que la madre de uno de los asesinos. (Pausa. Apenas grita)
¡Maldita sea esta sed de vivir que tengo!
Por ellos, que ya no están. Y por estos dos que adoro. (Pausa).
Hay momentos en los que me parece estar metida en una gran fosa.
Así y todo, no sé cómo; pero, aquí estoy, para seguir. (Comienza a danzar el final).
Vivo con todo este dolor a cuestas. Con todo este llanto que no cesa, ni me deja cesar.
Aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga, porque el dolor del alma es así; Coqui y el viejo, se me llevaron casi todo.
Y, sin embargo, aquí estoy. Porque es necesario, es absolutamente necesario, que yo siga esperando hasta el fin. Hasta el final.


ACTO TERCERO
Madre Soledad: “vivir en muerte no es vida”

ESCENA 1

Soledad es una bella mujer de treinta y cinco, madre de tres hijos: dos varones y una mujer. Ariel, de dieciocho; Nahuel, de diez; y Nadia, que está embarazada, tiene dieciséis años. Viven en una modesta casita de una barriada del conurbano bonaerense, ambientación; año 2000 en adelante. El lenguaje usado por los personajes es el propio del lugar. El cuarto es humilde, con un mobiliario desvencijado y escaso. Sobre una repisa, un suntuoso equipo desde el que se escucha música cuartetera o cumbia villera, a todo volumen. Vemos, desparramados, a Ariel y a Nahuel, en un sillón-cama, holgazaneando. Muy cansada, Soledad entra con unos papeles y planillas en la mano.
Soledad: —¡A ver si bajan esa música! ¡Se escucha desde la otra cuadra! (Como no le hacen caso; va ella y baja, enérgicamente, el volumen. Quejas de los chicos) (A Ariel) — ¡Vos, mocoso del diablo!, ¡ya mismo te ponés a hacer los deberes! A ver, dame ese cuaderno, traé para acá. ¿Ves? Todavía tenés todo por hacer, ni una letra escribiste desde que me fui esta mañana, no hiciste nada. A ver, decíme, ¿qué hiciste en toda la mañana? Si yo no vengo, seguro que te vas a la escuela con todo sin hacer. Después, soy yo la que tiene que escuchar a la maestra. Y vos, Ariel, rapidito te me levantás de esa cucha; porque esto parece cualquier cosa ya, menos una casa.
ARIEL: —¡Ufa, che!
SOLEDAD: —¡Ufa, nada! Esto parece cucha de perros. Semejante grandote vago: (grito) ¡Levantáte, querés! ¡Ya mismo! (Amenaza con la mano). Y, por favor, ordenás todo eso. ¿Qué somos, villeros, ahora, para vivir así? ¡Lo único que faltaba! ¡Villeros, parecen! ¡Tss, mirá cómo está todo! No fueron capaces ni de barrer, siquiera. A ver, Ariel, poné la pava.
Ariel: —¿Ves, ves? ¡Siempre lo mismo! Te la agarrás conmigo. ¿Por qué no le decís a ese pibe?
Soledad: —Porque ya le dije que tiene que hacer los deberes.
Nahuel: —Mamá, ese boludo estuvo toda la mañana jodiéndome.
Ariel: —¡Calláte, pendejo! ¿En qué te jodí, yo? ¡A ver, a ver, decíme!
Nahuel: —Sí, me jodiste todo el tiempo con la ojota. (A la madre) ¡Mamá! Todo el tiempo me saca las ojotas y me dice: “trolo de mierda”, y al Cristian también…
Ariel: —¿Qué decís, nene? ¿Está loquito este pibe? (A la madre). Mmm, este pibe está chapita.
Soledad: —Mirá, Ariel… Mirá que yo a vos te conozco muy bien. ¡Semejante boludo grandote que sos! ¿A vos te parece? ¡Con la edad que tenés!, tendrías que darle el ejemplo a tus hermanos, che. (A Nahuel). —¡Y vos!, ya te lo dije bien clarito: te ponés a hacer los deberes sin chistar. (Ariel hace muecas) —¡Ariel, dejá de hacer muecas! Andá, empezá el mate y poné a calentar la sopa. ¡Ay, ay, ay!, si yo no estoy, ustedes serían capaces de pasar de largo sin comer. ¡Par de vagos, me salieron!, que si no les estuviera yo encima se los comen los piojos.__Andá, Ariel, pone la pava de una vez que quiero tomar unos mates. (Al ver que Ariel no hace nada, le vuelve a gritar) ¡Ariel!, ¿me vas a hacer caso?
Ariel: —Sí, ya la puse. Y a vos pendejo, cuando duermas te voy a agarrar del cogote. (Por lo bajo) Ya vas a ver, buchón de mierda, trolo alcahuete.
Soledad: —¡Dije que basta!
Nahuel:—¡Sí, má, es cierto! Me quería ahorcar, me agarró del cogote así, ¡mirá!, (se agarra) y me dejó sin aire.
Ariel: —No ves, pibe, que inventás todo. ¡Mirá cómo inventa! Lo único que te digo, es que si seguís usando mis cosas, ya vas a ver, ¡eh!
Nahuel: —¿Qué cosas te uso? A ver, ¿qué cosas?
Ariel: —¡Todo, nene! La remera de “Pibes Chorros” y las zapatillas nuevas.
Nahuel: —¿Qué te voy a usar yo eso, nene, si a mí me queda grande?
Soledad: —¡Ay, Dios! Pero, ¿será posible, Nahuel? ¿No sabés callarte un poco? (Ariel trae el primer mate. Una olla y un par de platos que pone sobre la mesa. Sentada, Soledad revisa los papeles mientras, esporádicamente, alguno se sirve y come algo). Con ustedes no hay caso, ya no sé qué tengo que hacer con ustedes dos. Me van a volver loca.
Ariel: —¡Bueno, que la termine el! Lo mismo que su amigo el Cristian, a ese pendejo de mierda cuando lo agarre, lo voy a colgar del forro del culo. (Por lo bajo, a Nahuel) —Ya vas ver ¡borreguito! (A la madre) —¡se la pasan meta hacerme burla! ¿Qué se creen, que no los veo? ¡No paran, mami, no paran! Vos, porque no estás.
Soledad: —¡Ariel, basta! ¿Cómo te lo tengo que decir?...te pensas que me gusta no estar en casa¡?...Tu hermano es más chico. Vos tenés que darle el ejemplo. Mejor sería que te buscaras un trabajo; ¿qué pasó con el quiosco de la plaza? (no hay respuesta, ella acota) __Ya sabés cómo terminan los vagos, ¿se enteraron lo del novio de la Ramona? (Caras como de saber de que habla) No dicen nada, porque saben clarito que lo mataron de un tiro. Eso fue la mala junta, seguro, por eso nadie dice nada. La pobre madre tuvo que ir a reconocerlo a la morgue. ¿Te parece lindo?
Ariel: —¡Ufa, má!, ¡qué tiene que ver! La tenés con el trabajo, otra vez. Y si no encuentro, no pasa nada.
Soledad: —Más vale que encuentres algo porque yo, con lo del plan y con lo poco que saco por mi cuenta, no llego a ningún lado. Apenas si alcanza
Ariel: —¿Y con lo que te paga doña Tota?
Soledad: —Eso, lo de doña Tota, lo tengo hasta la semana que viene, y después, se acabó el sueldito. Gracias a Dios, que mi tía me paga la luz y la garrafa.
Ariel: —¿Qué pasó con doña Tota, te echó?
Soledad: —a mi nadie me echó nunca de ningún lado. Lo que pasa es que por ahora, me va a dejar así nomás, porque su hija va a tener familia y su yerno se quedó sin trabajo. Así que la pobre va a tener que ayudarlos, y si me paga a mi, no puede, con todo no puede. Yo la entiendo a doña Tota.
Ariel: —¿Viste, viste, que ese pibe, el machito de la hija, no trabaja tampoco?
Soledad: —El pibe no trabaja, pero trabajaba como un negro en la enlatadora. Lo echaron por falta de trabajo. Como estaba en negro, no le dieron nada. Pero yo que lo conozco, te digo que el pibe en el momento menos pensado, encuentra otra cosa. ¿Qué va a hacer si lo echan? En cambio, vos, ni vas al colegio, ni trabajás, ni hacés nada. Sólo me rompés la paciencia todo el día; y, a la noche, te borrás de la casa, te creés que no me doy cuenta que esperás hasta que yo me duerma, y te mandás a mudar. ¡Shh!
Ariel: —¿Y qué querés que haga? Si vos nunca me dejás. Además, me junto con los pibes en la esquina. Aparte, al colegio, no voy, porque no me quieren dar la “rincorporación”. Yo, ¿qué culpa tengo?
Nahuel: —¡Sí, ja, ja! ¡Por chorizo! Dirás que no te quiere la dire.
Ariel: —(Amenazante) ¡Vos cállate, pendejo! ¿Ves, má? ¡si te agarro, te mato! (lo corre)
Soledad: —¡Nahuel, podés terminarla con tu hermano! (A Ariel) —Estuve con la directora del colegio, y me dijo que si quiero el año que viene, podrías ir a una escuela para adultos. Le dije que sí, que con tal de que termines el colegio de una vez, vas a ir adonde sea. Ella me va a preparar todo y me va a decir cuándo tenés que anotarte. Mientras tanto, algo tenés que hacer. ¡Si al menos me ayudaras con la casa! Pero, no. El señor nunca ayuda en nada, todo tengo que hacerlo yo.
Ariel: —¿Sí, y quién barrió el patio? ¿Y el mate, eh? Avisá, ¡eh! ¿Y Nadia? Ella es mujer. Y para que sepas cuando los otros días te dije que iba a trabajar con el Beto, vos no me dejaste.
Soledad: (Mira a Ariel) —Mirá, mejor no me hagas hablar, ¿querés?, o ¿pensás que tengo ganas de ir a visitarte a una comisaría? ¡Con el Beto, nada menos! ¿Te creés que no sé cuál es el trabajo que hace el Beto? Y la Nadia, ella hace lo que puede. ¿Cómo querés que se mueva esa chica, así con esa panza, no ves cómo está? Ella siempre me ayudó, ahora que no puede, vos tendrías que ayudar en la casa. Pero, no… ¡Si sos igualito a tu padre, un servido de la madre que prefería dejar la plata afuera, los sábados y domingos afuera con los amigos, “la junta”! No fue capaz de pintar la casa ni una sola vez, ni de arreglarme una silla. ¡Nada! Mejor que se fue, una boca menos que llenar. Tuve que pintar yo, con mi tía, que da gracias que me ayuda en todo, que si no fuera por ella. Ahora, hay que cortar el pasto del fondo que parece un potrero; la tía me dijo que me prestaba la bordeadora. Y ¿qué hacemos, quién lo tiene que hacer, también yo?
Ariel: —¡Con el calor que hace! ¡Estás loca, vos! Me querés agarrar una insolación, eso lo que querés, ¡bronca me tenés!, ¡por eso! (Seductor y haciéndose el gracioso) Y para que sepas; yo, a ese tipo, tu marido, no me le parezco. ¡Bah!, por el nombre nada más, por eso nomás. La única vez que vino desde que se fue, se apareció con el equipo de audio, ¡una masa! Todo para quedar bien y, después, tuviste que pagar las cuotas vos. Si yo traigo algo, lo traigo y listo. No soy como él, para que sepas.
Soledad: —De lo que vos traés, nene… Mmm, mejor no hablar. Y del equipo, es cierto, todavía me faltan tres cuotas y no le debo nada a nadie. (Pensativa, toma el mate y monologa).
La verdad que cada vez entiendo menos. O debe ser que ya no tengo ni tiempo de pensar las cosas. ¿O será que me estaré volviendo loca o vieja? No sé.
Me la paso de lunes a viernes, toda la santa mañana haciendo cola en un lado o en el otro para conseguir alguna cosa… Cuando no es en ese dichoso tribunal, es en el hospital, o en el servicio social, o en el colegio, o en el banco para cobrar el plan. ¡Qué se yo! (Pausa) Lo único que faltaría, también, es que un día tenga que esperar a la puerta de una funeraria. ¡Dios nos libre! No hay puerta que no me conozca de memoria. ¡Ya basta! (Recompone el discurso)
Con lo de tu padre en el tribunal, me dicen que lo citan, pero que él no se presenta. Yo sé muy bien que él fue y seguro lloró tan bien la carta, que por eso no pasó nada. Ellos dicen que lo citan por cosas distintas, que una cosa es la cuota, y otra cosa es la visita. Porque él no sé que fue a decir allá de mí. Decí que la jueza, a mí me conoce bien. Por suerte, ahora parece que le van a unificar todo y que después de las fiestas, lo van a volver a citar. Será para febrero, porque no trabajan todo enero. Yo le dije: “Pero ya va para dos años, ¿hasta cuándo hay que esperar?”. Total a ellos no les pasa nada, me pasa a mí… ¡sh! Que lo busquen con la policía, le digo, ¿para qué están? (En cada cita, ella imita la voz del locutor judicial). “Sí, señora —dicen— llegado el caso se lo citará por la fuerza pública. Usted no se preocupe; peeero…, vea, que si el hombre no trabaja, usted entenderaaaá queee…”. Sí, le digo, si no trabaja. Pero yo sé bien que está cobrando dos planes. No uno, ¡dos! ¡Al menos que me pase algo! Yo sola no puedo con todo. Él tiene que pensar que tiene tres hijos. ¡Yo no le pido que me cuente a mí! Es el padre y tiene que hacerse cargo, ¿no? “Usted tiene toda la razón; pero mire, Soledad, (porque la doctora me dice Soledad; el doctor, no; él me dice ‘señora’) no se preocupe —me dice ella— que en eso estamos. Además, mire que su caso no es el único”. Bueno, menos mal, le digo. ”Pero vea, que si es como usted dice, que él cobra por dos planes; entonces, corre el riesgo de que se quede sin ninguno y, bueno, tenemos que ser cautelosos, y ver cómo hacemos para que usted y sus hijos tengan lo que le corresponde. Que para eso estamos”. Y sigue:
“Sólo hay que tener paciencia, esto lleva su tiempo. Si se quieren hacer las cosas legalmente, como corresponde, se necesita tiempo. Usted comprenda que estas cosas no son de la noche a la mañana. Mientras tanto, ¿usted está cobrando su plan?”. Yo le digo: “Sí, doctora, lo cobro, y yo entiendo todo eso, pero mire que a mí las cosas se me vienen encima. Con el plan no me alcanza para nada”. Yo no le dije que también trabajo por hora; a ver si todavía me sacan el plan. Tampoco le conté lo de mi tía, que siempre me ayuda. Le digo: “Vea, que yo no tengo drama en esperar” —le digo—, si tengo que estar todos los días aquí de la mañana a la noche, para que pase algo, voy a estar, cuente conmigo. Pero yo veo que pasa el tiempo y nada”. Dudé en decirle, que yo sé que tu padre sigue haciendo trabajos de pintura, y su platita la cobra…para la joda. Pasa que no tiene vergüenza, porque no la tuvo nunca. Pero no sé, capaz que se lo tendría que decir. Yo sé que ella no me va a perjudicar y que hace todo lo que puede. Digo nomás, porque veo que no pasa nada y el tiempo pasa y pasa. Pero igual no le voy a decir nada, a ver si todavía… (Lo mira a Ariel). Tampoco le quise decir que tengo a mi hijo de dieciocho, que lo echaron del colegio por…y que tiene una entrada en la comisaría y que, por todo eso, no cobra más la beca.
Ariel: —¿Qué?, ¿le bocinaste algo?¿Le vas a decir?
Soledad: (Aprovecha la brecha y contesta con picardía) Ni falta que hace. ¿Vos te creés que son tontos? Si allí está todo escrito, sólo con que haga un gesto, para que te agarren de las narices y vas derechito a un instituto. No lo dije; pero, te juro, que si no te ponés las pilas ya mismo con el trabajo y con la vespertina, como dijo la directora, entonces, me vas a conocer, ¡eh! (Pausa) Decíme ¿Por qué no vas a ver al chino de enfrente de la tía? Me dijeron que necesitaba un chico.
Ariel: —Sí, claro; con doscientos cincuenta por mes; ése quiere que le trabajes doce horas por día.
Soledad: —¡Ja! ¡Mírenlo al señor! ¡Dice doscientos cincuenta, como si los tuviéramos! ¿Sabés lo bien que nos vendrían esos doscientos cincuenta? Además, ellos también trabajan de sol a sol. Pero, si no te gusta, buscáte otra cosa. ¡Pero buscála, nene! Te digo que, como no te pongas las pilas, agarro y le digo a la jueza que haga algo, ¿sabés? Y ahí vamos a ver. Yo voy a esperar hasta después de las fiestas con lo del trabajo. Y hasta febrero, con lo del colegio. Vos todavía no me conocés. Ya te lo dije bien clarito.
Nahuel: —Sí, mamá. Y si no hace nada, denunciálo y que lo obliguen. (Procura no estar cerca de Ariel) ¡Decíle a la jueza que es tu amiga, que lo obligue!
Ariel: (Le amaga un golpe). Termínala, pendejo de mierda, trolo buchón. (Con rabia, a la madre) ¡Mamá, decíle que no se meta más, porque lo voy a hacer mierda!
Soledad: —¡Nahuel! Primero y principal, que no tengo ninguna amiga jueza. Y, segundo, que cerrás la boca, y me terminás la tarea y ordenás todo ese desastre, que es tuyo. No te creas que tenés coronita.
Nahuel: (Entre rezongo y para adentro) —Cuando cumpla los trece, me voy a meter para policía.
Soledad: —¡¿Ah, sí?! ¿Y quién te dijo que podés entrar a los trece?
Nahuel: —La tía me lo dijo, porque yo le pregunté, y me dijo que si yo quería, a los trece, ya podía.
Ariel: —¡Andá, pendejo, yuta, buchón! Igual no sabés nada. Para entrar tenés que tener, por lo menos, veinte. ¿Te creés que yo no sé?
Soledad: —¿La quieren terminar? Tiene razón la tía: él puede hacer la secundaria adentro, de cadete de la policía, con uniforme y todo. No es como los que entran de grandes. Ésos que entran de grandes, es sabido que son los vagos. Eso nada que ver… (Interesada, a Nahuel) ¿Vos lo hablaste en serio con la tía? Porque no me dijo nada. (Como extrañada, para adentro).
Nahuel: —Sí, y con el Cristian…Má, ¿y el uniforme lo tenés que comprar vos?
Soledad: (Dudando) —Y, ¡qué sé yo! No sé… creo que no. Eso te lo deben dar adentro…que yo sepa.
Ariel: —No ves, pibe, que no sabés nada de nada. ¡Te lo dan ellos! ¿Cómo lo vas a comprar? ¡Qué boludo este pibe! (Burla)
Nahuel: —¡¡Eh!! Mami… (A Ariel) ¿Por qué mejor no le decís a mami de donde sacaste la compactera que tenés escondida en la pieza? ¡Dale, decíle!
Ariel: ¿Qué compactera ni compactera, pendejo de mierda? ¿Qué te pasa?
Nahuel: —Sí, esa nuevita que tenés escondida en el ropero de Nadia. Yo lo sé.
Soledad: (Sorprendida, enojada) —¡¿A ver esa cosa, a ver?! Quiero verla ya mismo. Mirá, Ariel, no me jodás, porque me vuelvo ya mismo al juzgado. ¡Ya mismo!, ¿entendés?
Ariel: —Pero, mami, a este pibe se le subió la cana a la cabeza, ¿qué te pasa, nene? Si vos la viste, es la que me prestó el hermano del Cristian, ¡mamá te lo juro! (Lo mira a Nahuel)
Soledad: —¡Qué! ¿Ahora me vas a decir que el hermano del Cristian te presta cosas? Esto es algo de “tus amigos”. (Niega con el dedo y sonríe, irónica) ¡No, señor! El hermano del Cristian no te pudo haber prestado nada a vos, después de lo que le hicieron tus amigos. ¿Sabés quién te la dio? Seguro que fue ese negro villero de pelo largo con el que andás ahora, “la junta de la esquina”. ¡Mirá Ariel, no me quieras pasar!
Nahuel: —¡Sí, mami, yo lo vi, yo lo vi! Es ese villerito que le robó la campera al hermano del Cristian y, además, vende porro en la plaza.
Ariel: —¡¡Uyy!!, vos calláte, pibe. (Lo corre) ¿Qué negro, má?, si es más blanco (con profundo gesto de fastidio y utilizando ambas manos, señala a su hermano) que el pendejo éste… ¡¡Botón!! Para que sepas ese pibe no me dio nada y, encima, él no robó nada la campera. Si casi ni lo conozco. ¡Es verdad, mami, te lo juro! Ni sé dónde vive.
Nahuel: —Sí, se llama Maxi. Y, además, para que sepas, ¡yo escuché todo lo que hablaban! (Ariel lo quiere agarrar y Nahuel sale corriendo. Entra Nadia que acaba de ducharse).
Nadia: —¡¡Eh!! ¿Qué pasa, con tanto despelote? ¿No la van a parar nunca, ustedes? ¡Qué pibes! Para eso, ¿por qué no se matan de una buena vez y, así la terminan?
Soledad: —Bueno, Nadia… Vos, cuando tengas lo tuyo, verás qué hacés. Por ahora, éstos son tus hermanos, y no tus hijos. (Vuelve Ariel) —Así que, Ariel, decíme, te lo pregunto en serio, ¿de dónde sacaste ese aparato? Porque se lo cuento a la jueza la próxima vez que voy. Y vos ya cumpliste dieciocho. Así que, mejor pensás lo que hacés y lo que decís o ya sabés. No es la primera vez que venís con el cuento de que te prestan algo, que resulta que nadie te prestó. ¿Te creés que no me acuerdo de las zapatillas Adidas que trajiste, que desaparecieron del día a la noche; o aquella rueda de auto, que también apareció y desapareció sin dejar señal? ¿Y de la agujereadora que trajiste, cuando todavía estaba tu padre? A él también le dijiste que te la habían prestado y él, bien zorro, ni abrió la boca. ¿Qué me vas a decir, ahora? ¿O te creés que no me acuerdo de las cosas, eh?
Ariel: —¡Te juro que es cierto, mami! Me la prestaron. ¡Pero, che, no puede ser! Esta mujer, ahora, ¿también eso?
Soledad: —¡Shhh! Mo-men-ti-to, ¡eh!… No tanto “esta mujer”, que todavía soy tu madre, y si tengo que cruzarte la cara, te la voy a cruzar, ¿sabés?
ariel: —¿Pero, mami? ¡No entendés! Ya te dije que me lo prestó el hermano del Cristian. Si querés voy y se lo devuelvo y listo.
Soledad: —¡Qué fácil la hacés! Cómo será la cosa, ¡eh!, que a él le salen prestando siempre todo…
Nadia: —¡Ja! ¡Prestamista te salió tu hijito!
Ariel: —Y vos, calláte, trola, qué te pensás.
Soledad: —Mejor hablá. Yo quiero saber de donde salió ese aparato. Mirá que…
Ariel: —¡Ufa!, está bien. No te quería decir nada, pero me lo compré.
Nadia: —¿Queeé? ¿Y con qué plata, si no trabajás?
Soledad: —¿Con qué plata te lo vas a comprar?
Ariel: —En cuotas… todavía no pagué ninguna. (A Nadia) ¿Qué te metés vos, trola buchona, “madre soltera”?
Nadia: — Para que sepas, el chico tiene padre, ¿sabés?
Ariel: —Sí, un papito preso por chorro y drogón. ¡¡Ja, ja!!
Nadia: —¡Calláte, idiota! Mami lo conoce. Y, para que sepas, el abogado le dijo a la madre que en un mes sale, porque él no hizo nada. Nada de nada, para que te quede claro.
Soledad: (Desbordada) —¡¡Baaastaaaaa!! ¡No aguanto más! Me paso la mitad del día escuchándolos pelear, y la otra mitad, hablando por ustedes en cuanto lugar me mandan. ¡No doy más! Se los juro: no-doy-más. Voy a desaparecer. Un día de éstos no me van a ver la cara, y ya vamos a ver qué hacen. (Todos en silencio, sorpresa en los hijos)
Nadia: —¡No, mami! (Se acerca a consolarla. Enérgica a Ariel) —¡Pendejo! Si vos querés tener plata, andá y trabajá como hace ella. ¿Ves lo que hacés? Está llorando…
Soledad: (Dolida, sentida, disimula el llanto, se repone levemente) —El año que viene las cosas van a cambiar, vamos a tener trabajo, y Ariel también va a trabajar, aunque sea en lo del chino. (A Ariel) —No quiero que termines preso como tu tío. Vos no. Ni quiero ser la madre de un muerto y terminar viviendo como en una fosa de lágrimas, como me dijo una amiga hace tiempo. No.
Ariel: (Por primera vez, angustiado) —Esperá, vieja, pará… (Recompone) Lo del chino, no. Vo dejáme que yo busque. Además, el tío no hizo nada. Lo que le pasó es que la cana lo agarró de punto, como la directora a mí. Y lo cagaron. El tío me lo contó todo.
Soledad: —¡El tío, el tío! ¡Cuándo carajo vas a escuchar! Vos te la sabés todas y no sabés nada. (Serena) Tu abuela se cansó de decirle a tu tío que esa junta no era buena, que se fuera a Santiago con los tíos de allá. Eso un día, y al día siguiente, él se aparecía con otra cosa robada. Cuando no era una radio era un televisor, o plata. Lo malo fue que ella empezó a no abrir la boca. Calladita agarraba lo que fuera, y yo le decía: “Mirá, mamá, que eso es robado, que si no trabaja, ¿de dónde querés que salgan todas esas cosas?” “Se las regala un amigo”, me decía ella. Y yo sabía que se engañaba. Ignorante, boba o viva; no lo sé, pero se mentía. Ella creía que le convenía, que era como un juego de chico; por eso, al final, hasta lo apañaba. Y así le fue. Él en cana hasta quien sabe cuándo; y ella enterrada en el cementerio, porque eso la mató, era el hijo preferido. (Pausa, amenazante) —Mirá, Ariel, te lo juro por esta cruz, yo a vos... Antes, yo misma, te cuelgo de las pelotas. Andá sabiéndolo, porque prefiero verte encerrado en un instituto hasta que tengas treinta años, hasta que te cambien esas ideas de mierda que tenés; prefiero eso, cualquier cosa, a verte preso o muerto. No pienso pasar por lo de mi mamá. (Pausa. A Nadia) Nadia, ¿vos no tenés que ir a control en la Salita? ¿Hoy no está la partera?
Ariel: (Conmovido, desafiante) —¿Qué te pasa? ¡Qué muerto, ni qué preso! ¡Avisá! (Serio)
Soledad: (Enojada) —¡Entonces, cambiá! Parecés de plástico, ¡cambiá de una vez por todas! (Casi violenta) —¡Y ya mismo se me va a hablar con el chino, ya mismito! (Él apenas reacciona, pero escucha) —Dije: “¡Ya mismo!” Cuando yo vuelva, voy a pasar por el chino, ¡y quiero verte trabajando allí, hasta la madrugada!, todo el día y toda la noche, aunque sea gratis, aunque tenga que pagarle al chino ése. Te lo juro por Dios que te mato Ariel, te juro que… (Agarra una ojota. Ariel se cubre y agarra su campera y sale sin decir nada, sorprendido, en silencio. Nahuel sigue sentado con sus tareas, mientras Soledad comienza a ordenar ropa, y Nadia le ayuda. Todos en silencio con música cuartetera de fondo).
Nadia: —Má, cuando quieras vamos; yo ya estoy lista. Igual es temprano.
Soledad: (Enjuga lágrimas en silencio) —Lo único que me faltaba. ¡Qué cosa, che!, me parece que me entró una basurita en el ojo, ¡también con este viento…! (Con energía) Mirá, si tu hermano hoy no arregla con el chino, te juro que lo encierro. ¡Te lo juro, por Dios, que lo hago! (Comienza a sacarse ropa, hasta quedar en bombacha y corpiño. Nahuel ha estado muy serio, atento a sus deberes). No doy más del cansancio. Debe de ser el tiempo. Me pego una ducha y enseguida salimos, hacéme un mate nena, querés? Mirá vos, con el apuro ni comimos. —Nahuel, servíte y comé.
NAHUEL: —¡Má!
SOLE: (Controlada, enérgica) —Dije que te sirvas y que comas. (A la chica)
—Nadia, no te olvides la libreta. (A Nahuel) —Ahora comés y, después, seguís con la tarea. Y, cuando terminas TODO, te vas a casa de la tía y me esperás allá, hasta que yo vuelva. ¿Me entendiste? Hasta que yo llegue y te pase a buscar. (Música de cumbia “in crescendo”. Sale al baño) Telón.

ACTO CUARTO

Puta Madre Coraje: “La rebelion de los esclavos”

Del fondo de la platea y de los lados comienzan a subir a escena grupos de gente común; con cacerolas, algunos; y otros, con tachos. Piqueteros con la cara cubierta y macanas en la mano, cartoneros con bolsas. Una invasión de chicos distrae e incomoda al público pidiendo monedas, junto a mujeres embarazadas y ancianos que se sientan en distintos lugares y, en actitud de letargo, piden limosna. Siniestros personajes vestidos de negro custodian, con los brazos cruzados, y comienzan a ocupar lugares estratégicos, tanto en el escenario como en la platea (seguridad). A medida que la escena se va poblando, se van encendiendo las luces de todo el recinto, quedando el público muy involucrado. Una música ciudadana alternará, adecuadamente, con otra cuartetera y con rock nacional. En un momento determinado, de ese tumulto surge una mujer semi-desnuda, harapienta e íntegramente pintarrajeada de negro. Altiva y desgreñada. Cuando empieza a hablar, los hombres de negro comienzan a desaparecer en la multitud, hasta que para el final del monólogo ya no estarán. Ella lleva un carrito de supermercado cargado de cartones con un niño andrajoso, sentado y dormido encima de esos trastos. Lentamente, va llegando al centro de la escena. Todos se abren, dejándola sola en el centro iluminado. Mientras habla, los personajes se irán poniendo de pie y asumiendo un cierto orden en la escena a criterio del director. La “puta madre coraje” muestra decisión, una actitud enérgica y conmovedora. Se muestra sincera, lúcida y desafiante. Plenamente comprometida.
Escena ÚNICA - Monólogo de Madre de Coraje
—¡Han muerto al Padre! Ha sido muerto pautadamente. Paso a paso, ha sido urdida la muerte del Padre.
¡Benditos sean los padres de la matanza!
Yo soy la vida, inofensiva, ofendida, inmortal.
Ningún plan puede conmigo.
Desde el mismo principio he permanecido de pie, he esperado de pie, he gemido de pie, he concebido y he dado a luz también de pie, y así seguiré porque ya no puedo ni quiero doblegarme. De pie, como un árbol viejo y duro, hundida hasta el mismo centro de la tierra. Definitivamente, de pie para restaurar al Padre.
Partiré también la ley. ¡Ah! Yo la ley, yo la fundadora, yo la de la Plaza Cercada y la herida abierta en cada Mayo del recuerdo.
Yo, Prudencia, yo, Consuelo, Soledad, la de Cromañon y la de Nerdenthal, ¡la que quieran! Yo, la primera, la anterior a todas las cosas, y también la última.
Yo, la vida.
Ahora, soy la última edición de madres, ésta que se aferra a la vida.
Como la tierra al sol, soy en el derrotero canalla de esta sociedad: la loca, la sucia, la negra, la transgresora, la puta, la que sobrevive cada día al cuidado soberano del derecho.
Soy la prolongada y ambulante suma de vida ciudadana, sarnosa, plagada, apestosa.
¡Cuidado, no se acerquen! Yo huelo a todos los olores del desprecio.
He tenido que pasar por la agonía, siempre inconclusa, del cuidado estático y estatal de este Soberano Estado Todopoderoso.
¡A vos, Dios! ¿Qué te voy a pedir? Si te han dejado a la altura de un poroto.
Por eso, ahora, permanezco al margen de todo lo establecido. Ningún organismo, ninguna promesa, ningún discurso, ningún revolucionario conchabado. Permanezco junto a ellas (señala a las otras), avanzando en piquete por aquello que juzgo necesario, y con esto, por ahora, me basta.
Cuando escribí, no leyeron.
Cuando grité, no escucharon. Y de tanto gritar quedé sorda frente a mi propio grito.
“Le conviene no gritar más”, dijeron los entendidos, que tanto saben de todo y que de tanto saber, llegan tan lejos.
Estilo-estado, ¿qué me cuentan? Todo un estilo, ¿eh? ¿Qué tal? (Se muestra como modelo).
Luego de tan paciente, llegó un tiempo en que también dejé de hablar y, luego, me olvidé de leer.
Al final, perdí entre tanta mugre el valor de cada letra, la medida del renglón, el límite impreciso de los márgenes. Tuve mucho miedo y decidí empezar todo de cero. Ése fue el tiempo de la disputa, en que se me empezó a formar un nuevo cuerpo, cavernario, miserable, inobservable y, por supuesto, intocable.
Embrionarias nosotras, autosuficientes nosotras, ¡somos tantas, pero tantas madres de esta sepa miserable! ¡Sí, señor! Es absolutamente necesario que nuestra palabra permanezca, ahora, como arte. Para que la vida prevalezca, no como un fenómeno sobre todas las cosas, sino también como arte.
Una en mil y viceversa.
Un misterioso y real cuerpo místico que merezca la alabanza y la gloria. Que por él pueda volver la libertad y la cordura.
Por ahora, tengo y quiero tener los oídos tapados de mugre. Me agotó tanta palabra sucia que escuché hasta casi no dar más. ‘Discursos’, quiero decir. Que nada tienen que ver con la palabra. ¡Se piensa por mí, sin pensar en mí!
Ahora ya no quiero. Estoy aprendiendo a hacerlo yo misma y marcho por piquetes repletos de grito y fuego.
No, por la vereda no. Las veredas están para otras cosas; pero, además, no alcanzan para tanta y tanta gente.
Las esperas si no te adormecen, te despiertan. Y si te despiertan, entonces, tenés que hacer algo. Y lo hacés. Pensás y pensás, día y noche, dale que te dale.
Miles de mugrientas revelándose cada día. Eso es un piquete.
Todo para que el hijo nuevo no sufra allí.
¡Miren! (Señala los objetos del carrito) Pensarán que esto es basura. Esto es mi alimento, mi patrimonio. No lo rechazo porque no me duele. El dolor es un niño inquieto. Y de tanto, tanto sufrimiento humano, ya no me queda nada con qué sentir dolor. Antes, al principio, confieso que me costó mucho. No me acostumbraba a los espacios amplios y ventilados ni a los bancos de las plazas ni a las esquinas ruidosas, ni a las sobras de los bares, ni a los baños de las estaciones. Las miradas, curiosas, indiferentes, pasan ahora sobre mis hombros.
Yo también tuve una casa. No sé cuándo ni a dónde, pero tuve. Ahora, para el frío está el cartón, los diarios, las bolsas grandes y negras.
También solía llorar. Aunque no lo crean, lloraba. Para adentro, pero lloraba. Ahora no, yo no quiero. Por Consuelo perdí el dolor y me volví ruda, esquiva, invisible, impenetrable. Yo maté a todos mis hijos y me quedé sola. Luego, me llamaron Soledad. También he sido ésa otra. (Silencio, mira al hijo que está en el carro).
No teman, este hijo que está acá va a crecer para cuidar la vida. Crecerá, y van a decir: “Ahí va el hijo de Coraje. Allí va el Coraje”, dirán.
Por él perdí todas y cada una de mis virginidades. (Con una mano y con brusquedad, agarra su pubis). Tantas veces me violaron. Yo gritaba y gritaba: (Comienza gimiendo de placer y, lentamente, esos sonidos se transforman en gritos de dolor) ¡Ah, ah, ah!, ¡¡ah!! ¡¡¡aah, aaaaah!!! (Pausa) Sólo por este hijo Coraje, no por los otros que fueron santos, de madre santa, virginal, de madre Prudencia como virgen que dan Santos. La lámpara de mi vientre se pudrió con la pura sangre del odio, con el terror más ciego.
También fui Prudencia, con la mirada de la puerta para adentro, celosamente. Todo por mi casa.
Perdí mi dolor, mis virtudes. Una a una, aborté mis canciones de cuna, mis sueños de niña, mis ensueños de joven.
Aborté uno a uno mis dones y mis odios, mi belleza y mi vanidad. De modo que soy parte de este mismo despojo que junto en bolsas, y que me alimenta. Mi única razón de ser es seguir haciendo crecer este Coraje. Ninguna razón tengo para hacerlo. El coraje no es una virtud moral. El coraje es una fuerza, la fuerza de la vida. Ciega, oceánica, llena de fuego. Es azul y poderoso.
Dios tiene las manos sucias de dolor, de hambre, de horror y no encuentra aún la manera de suicidarse. Es imperfecto.
Coraje los ciegos, coraje los mudos, coraje las sombras, las invisibles voces del silencio.
El mismísimo temor a mí me teme. El miedo desapareció de mi alma. Créanme que no le temo a nada. Me han crecido escamas de acero en la piel y púas, filosas púas tengo ahora por uñas. Y, sin embargo, nada saben del daño.
(Ahora la multitud de miserables comienza a componer esculturas vivientes, variadas y complejas, que deben inspirar diferentes sentimientos: dolor, rechazo, gusto, temor, en un todo armónico, como cualquier obra de arte, fondo musical con selecciones de música ciudadana. Es ahí, donde las tres madres fundamentales hacen su entrada, y avanzan hacia Coraje, a medida que recitan el coloquio que sigue.)
Coraje: —Yo, la más rea de todas, la más pública, la que venció al hartazgo. Nací en la calle y no cumplo años. Y en la calle engendré una y mil veces con sangre, con luz, con flores del asco. Familias han crecido dentro de mi panza. Y en la calle seguiré haciendo el amor, la casa y la faena.
Prudencia: —Yo, la hermética. Me tocó ver, por guerras, morir hijos y padres. La muerte, legalmente pensada, moralmente civilizada, se llevó todo. “Es la guerra”, se dijo, también, por Malvina. Ésa olvidada. Me llamo Prudencia y tuve que correr con mis cosas al monte y al cerro y allá las guardé a todas.
Coraje: —En los montes, sí, donde el sol no atardece, donde la tierra no muere bajo la sombra de los hombres. ¡Ah, Pacha Sagrada! Allí guardaste, Prudencia, lo que te quedó de la vida y de la muerte, los bienes comunes del cuidado, el bien supremo de lo bello que conozco, las voces queridas que se han asesinado.
Consuelo: —Yo fui Consuelo, también de mí misma, muerta de miedo, con mi casa convertida en un sudario. A mí me tocó llorar todo el tiempo; luto tras luto. Salí a la calle; primero, sola, para llamar a la justicia de la nada. Yo como Prudencia, también guardé, allá en el alto verde del monte, historias de heroínas junto a cuentos y juguetes heridos, entre los limpios trapos calientes del trabajo.
Soledad: —Yo, Soledad, ilusionada en el 2000. Fui la de la espera y el reclamo. Me tocó ambular y pedir como loca esto, aquello y lo otro, hasta convertirme en una hermosa y luminosa estaca en la espera, para que no me derrumbasen el poco techo, el poco trabajo, el poco respeto que en mi corazón temblaba. De cada día recibía yo, no un sol sino una limosna. Ésa fue mi vida. Me planificaron y me empapelaron el alma con formularios. Y tuve una tía, también consuelo. Yo la vi guardarse la vida en su cartera robada. Yo vi todavía los patios y en el barro, crecer el pasto. Cuando era chica, he visto manos, llegar muy de mañana, a esos patios. Seguramente, también lloraban por las noches y sonreían, casi libres, por la mañana.
Coraje: —Eso es coraje, hermanas, cuando padres y huérfanos son al final una misma cosa de todos los días. Es preciso que sepan que de esta matanza, quizás invisible, quizá sin flores finales, que de entre tanto “Resto Bendito”, crece el hijo. Este hijo (lo señala) será un padre, una esencia, y dará a luz otros hijos. Pero, ¡cuidado! del otro lado de la vereda también nacen los callados, los leones de oro, los soberbios que cantan la triste y mentirosa canción, la pesada canción de la indiferencia.
(Hasta aquí han permanecido inmóviles. En esta segunda parte del coloquio, cambia el carácter y la actitud de los personajes. Se produce el movimiento al son de campanadas aisladas, que al final tornan en vuelo de campanas con música ciudadana).
Prudencia: —Al padre lo han muerto.
Soledad: —Me han muerto el trabajo.
Consuelo: —Me han matado al hijo y al padre.
Coraje: —¡Hermanas, coraje! Tenemos la palabra.
Prudencia: —¿Dónde están la canción y la fiesta? ¿Por qué hay violencia en el silencio?
Soledad: —¿Dónde? La manta y la cuna del hijito de Nadia. ¿Dónde están? ¿Dónde ha quedado mi herencia?
Consuelo: —¡Es un grito! ¡Es el grito del hombre!
Soledad: —¿Dónde? La vida, ¿dónde está?
Coraje: —El grito y la vida es Coraje. Nosotras somos el sombrío músculo de todo lo que tiene vida. Nosotras, Coraje las madres. Y acá estamos, marchamos a pie, con carros y banderas y los almuerzos en el bolsillo, a través de anchas avenidas de trigo y de asfalto amarillo. Nosotras, los pacíficos espantapájaros. Nosotras las mansas lobas de la ciudad rota y separada.
Soledad: —Tirado por lobas, va el carro repleto. Va la vida…
PRUDENCIA: —¡Eso sí que es coraje! Ahora sé que puedo buscar mi leche y mi pan. El mantel blanco que vistió mi mesa, aún lo conservo. (Todas se acercan al niño).
ONSUELO: (Al niño) —No he muerto, quisiera yo también acunarte en mi regazo.
Coraje: —Un vientre encendido de paloma hay en este lecho de alambre.
Inmortalizado el aliento, inmortalizado el grito, refundando al padre.
Lobas humanas en celo por la vida, somos.
¡Oh!, ¡Acérquense, hermanas, entrelacémonos, como una bandada
de pájaros, nuestras dignidades! Que Coraje nos pertenece a todas.
¡Viva la vida! ¡Viva el fuego y sus sombras!
¡Viva todo lo madre del mundo, y que el Coraje viva siempre en las madres!
(Queda conformada una escultura viva. Una maternidad, desde que la cartonera tiene a su hijo en brazos, tras levantarlo del carro). Música ciudadana. Apagón.
Fin
INDICE
Pág.
Acto Primero –Madre Prudencia en Nochebuena ......................
Escena 1...................................................................
Escena 2...................................................................
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5 a 25
26 a 41
3 a 41
Acto Segundo–Madre Consuelo “Morir en vida no es Muerte”
Escena 1....................................................................
.............
42 a 57
42 a 57
Acto Tercero – Madre Soledad “Vivir en muerte no es Vida”......
Escena 1....................................................................
.............
58 a 74
58 a 74
Acto Cuarto –Puta Madre Coraje “La Rebelión de los Esclavos”
Escena Única................................................................
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75 a 83
75 a 83

2 comentarios:

HUMBERTO PRIMOGERIO dijo...

ME ENCANTO SU OBRA MAESTRO!!!

Mabel dijo...

Horacio muy bueno , me quiero comunicar con voz somos viejos conocidos de hace treinta y pico de años como te ubico ?